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Opinión | Crítica / Teatro

Oviedo

Venganza improvisada

El vestuario de Tatiana de Sarabia es original, excéntrico e impactante

«Por la gracia»

Dirección: Ignacio López B. e Ignacio Soriano.

Intérpretes: Elena Lombao, Paloma Córdoba, Ignacio López B. e Ignacio Soriano

Teatro Filarmónica, lunes 22 de diciembre

Si improvisación es sinónimo de imprevisión, negligencia, descuido o dejadez, en el caso de Impromadrid es todo lo contrario, pues esta compañía que lleva más de dos décadas apostando por este arte para crear sus espectáculos, lo tiene todo muy medido y pensado. A partir de una dramaturgia muy estructurada basada en las andanzas de una heroína del siglo XVI, que pretende vengar la muerte de su amado, serán las aportaciones del público las que den color a esta jocosa peripecia no exenta de reflexión y denuncia. Elena Lombao, aquí Gracia Torío, (con el apellido prestado por una espectadora) es una mujer de armas tomar, y nunca mejor dicho, que espada en ristre trata de conseguir justicia enfrentándose a nobles corruptos y a una sociedad patriarcal que le impide salirse de su rol de damisela. Paloma Córdoba es quien lleva la voz cantante y la que paraliza la acción y rompe la cuarta pared (más bien la hace añicos) una y otra vez, al grito de "Que detengan la venganza", encarnando a su vez a la manipuladora hija del duque, a una monja carmelita y hasta a la mismísima reina. Ignacio López y Nacho Soriano, dramaturgos y fundadores de la compañía se lucen en sus múltiples papeles. Soriano como Cardenal a lo huevo kínder y Marqués moribundo y López como Duque de Oviedo. El vestuario de Tatiana de Sarabia es original, excéntrico e impactante, capaz de llenar la ausencia de escenografía, también compensada por las proyecciones a modo de telón pintado. Localismos como las moscovitas, los bolos asturianos o la nariz de la Virgen de Covadonga y anacronismos como Michael Jackson, "La chica de ayer" o el "Felicità" de Albano y Romina hacen las delicias de un público muy proclive y avezado en la improvisación, que interviene y da mucho juego, entrando en la dinámica gamberra de humor disparatado que ameniza esta reflexión sobre los roles sexuales, las diferencias de clase, el honor y la gloria. Su mejor baza está en la vis cómica de los actores, que saben reírse de sí mismos y son capaces de integrar a una velocidad vertiginosa las propuestas en una trama un tanto rocambolesca, pero que es sólo el pretexto para mostrar los entresijos de la composición y creación dramática como si de un mueble de Ikea se tratase. Una propuesta eficaz y divertida que arrancó una gran ovación en el Filarmónica.

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