Opinión
Calviño, Nadia, con y sin broche
Sobre la exvicepresidenta del Gobierno
Finiquitaba más o menos el siglo cuando mi querida, hoy difunta, madre vendió su fantástica segunda vivienda de Salinas. No obstante, perder el emblemático refugio estival para sus cuatro familias descendientes, mi progenitora quiso que cada uno de mis tres hermanos y yo acompañados de nuestras gentes, pasáramos a su lado dos semanas cada verano. Al efecto, retuvo un par de habitaciones en el Hotel Louxo de la pontevedresa La Toja por las que nos hizo desfilar alternativamente. Muchos días, sin la terca lluvia que calificaba el genio lucense Cunqueiro, cenábamos en restaurante a segunda línea de la ribera. Hacíamos el paseo en sentido contrario a José María Calviño, al que yo conocía de su tiempo de RTVE en que parimos los estudios de San Esteban de las Cruces, ¡oh, Faustino F. Álvarez que tanto trabajó esa iniciativa! Al Calviño andarín lo acompañaba alguna vez una frágil jovencita que, pasados los años, volví a encontrar en Bruselas como responsable de los presupuestos europeos donde mostraba todo menos fragilidad. Quiso esa casualidad que mi madre se prendara de aquella chiquilla que al volver a verla, madura y políglota, en televisión se fijara, distinta derivada, en el broche que, según me decía, le daba cierto toque de elegancia, contrario a lo que llamaba "la ranciura que, salvando a Pedro Silva, caracteriza a tus compañeros de partido". Ni que decir tiene que mi madre, con fuerte tradición familiar derechosa, a la que contribuían sufrimientos, de persecución por tejados de las calles Fruela y Suárez de la Riva en el Octubre de 1934 y su posterior exilio en Portugal, había empezado a mutar de pensamiento sociopolítico, acelerado con las inmisericordes detenciones y salidas forzadas del país de mi hermana Mari Carmen y de Santiago, su marido, incluidos la tortura sufrida por este y el complicado nacimiento en la lejanía parisina de mi entrañable sobrina María, hogaño exitosa ingeniera aeronáutica en la que confío hasta convertirla en mi albacea.
No hace mucho, enterada mi madre que Nadia almorzaba un luminoso mediodía en Colloto se apresuró a hacerle llegar otro broche de su armario a lo que replicaría, tras pinchárselo en la solapa, que lo llevaría en la posterior rueda de prensa para que bien se la viera por televisión. El estilo, encantador, moderado y rigoroso, de Nadia, junto al broche, contribuyeron a endulzar las últimas clarividentes semanas de Carmen Hidalgo Álvarez hasta su fallecimiento en lúcidos 103 años. Cuánto siento que mi querida madre no pueda leer ahora "Dos mil días en el Gobierno", la impecable rendición de cuentas populares de Nadia, con sobrecubierta bellísima y sonriente. Trayectoria y dietario ad hoc que, pese a legítimas críticas, tengo para mí que la pequeña gran Nadia da muestras en libro de lo bien que sobrevuela con el broche, digo… con la brecha, ahora europea de nuevo y siempre mirando de reojo a España, el bajonazo de su antiguo gobierno y al fabuloso paisaje de La Toja.
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