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Opinión | Las ranas

El portal

Un cuento navideño

El portal.

El portal.

El hombre se sube a la acera y detiene el patinete. Saca el teléfono y consulta de nuevo la ubicación en el mapa. Sí, esa es la calle. Según la lucecita de la pantalla, la que guía su recorrido, está a apenas unos metros del portal. Guarda el móvil y mira al cielo: es ya noche cerrada, pero el resplandor amarillo de las farolas impide ver las estrellas. Hace frío. Casi tanto como en su país. Por un momento siente una de esas puñaladas de nostalgia que siguen asaltándole, pese a los años transcurridos desde que llegó a Oviedo. Se rasca la mejilla, cubierta por una barba rojiza de varios días, y decide concentrarse en el reparto para cortar en seco la melancolía. Se monta en el patinete y reanuda la marcha.

Tres minutos después, llega al destino. Es un portal muy pequeño, muy humilde. Aparca el vehículo y se quita la mochila, ese maldito cubo amarillo que le acompaña a todas horas, como una joroba. Lo abre y saca la bolsa que marca esa dirección. Se incorpora y aprieta el botón del telefonillo. Pasan unos segundos hasta que una voz masculina responde. Suena un zumbido y el repartidor abre la puerta.

–Yo "tambén" ir ahí.

Las palabras que oye a sus espaldas le sobresaltan. Se vuelve y junto a él hay un joven negro, vestido con un abrigo rojo que contrasta con su piel oscura. No tendrá más de 25 años. Lleva en la mano un paquete rectangular de cartón. Los dos repartidores se dirigen una leve sonrisa de cortesía y entran en el portal. Acceden en silencio al ascensor y el joven negro pulsa el botón del séptimo piso.

Una vez arriba, salen a un pasillo largo. Al fondo avistan a un hombre de pie frente a una de las puertas. Justo la que buscan ambos repartidores. El señor les saluda: tiene ojos claros y una espesa barba blanca que se expande con su sonrisa. Viste un chándal azul del Oviedo y unas pantuflas. En sus manos sostiene un táper con lo que parecen ser macarrones con tomate.

–Soy un vecino, les traigo algo para cenar. El pobre José no da abasto.

José es el nombre que ambos repartidores tienen apuntado como destinatario. Y, seguramente, sea el hombre que abre la puerta: un joven de tez cetrina y cejas gruesas. Pese a las ojeras que le cuelgan del rostro sin afeitar, su mirada es amable, serena. Recoge los paquetes y el táper de macarrones, y pide con voz delicada a los tres hombres de la puerta que esperen un momento. Tiene acento venezolano. Un sonido emerge del fondo de la casa: parece el llanto de un bebé. José reaparece y hace un gesto que invita a entrar.

–Por favor, si no tienen mucha prisa, tómense un vaso de vino con nosotros. No conocemos a mucha gente por acá.

El vecino barbudo entra confiado y anima a hacer lo mismo a los dos repartidores, que se miran entre sí confusos. Pero hay algo inexplicable, casi mágico, que les empuja. Los tres acceden a un saloncito minúsculo: será difícil que todos quepan allí sentados. Sobre todo porque el pequeño sofá lo ocupa una mujer muy joven, de melena lisa y rostro ovalado, que acuna a un bebé. El niño mueve las manitas en el aire buscando a su madre, quien lo acerca a su cuerpo mientras le susurra dulzuras. Los tres visitantes sienten de pronto una gran paz, el bienestar de quien se sumerge en una bañera caliente.

Media hora más tarde, ya fuera del apartamento, los tres hombres esperan el ascensor. Al abrirse la puerta, se topan con un niño vestido de ángel. Sobre su túnica blanca cuelga una banda que parece ser el premio de un concurso infantil de disfraces. Dice que es un vecino y que se dirige a la casa de la que ellos acaban de salir.

–¡Por fin hay un niño nuevo en el edificio! –exclama el crío mientras se aleja con sus alitas de poliespán hacia la puerta de José y su familia.

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