Opinión
Oviedo, la cultura como forma de futuro
Ante el proyecto europeo de la capital asturiana
Desde que me establecí en Oviedo en 1966 hasta hoy, la metamorfosis de la ciudad ha sido tan profunda que a veces me descubro revisitando la memoria para creerla cierta. De aquella urbe en blanco y negro a la ciudad policroma y palpitante de hoy media no solo el tiempo, sino una voluntad colectiva de crecer con elegancia. He visto levantarse plazas, reformarse teatros, inaugurar auditorios y expandirse el alma cívica; he visto cómo el rumor de la lluvia se mezclaba con el de los violines, y cómo el pasado prerrománico dejaba de ser un vestigio para convertirse en orgullo compartido.
Por eso, la candidatura de Oviedo a Capital Europea de la Cultura 2031 no es una ocurrencia, sino la consecuencia natural de un pulso que late hondo. El comisariado –un equipo plural, intergeneracional y verdaderamente multidisciplinar– aprovechó la Nochebuena para anunciar el envío de la primera documentación requerida en este proyecto al Ministerio de Cultura. Un gesto protocolario, sí, pero cargado de emoción simbólica en tan señalada fecha, como subrayó mi amigo Rodolfo Sánchez, director de la candidatura. Fue como dejar bajo el árbol el regalo de un proyecto común.
La candidatura merece respaldo, implicación y mirada larga, como recordaba con acierto el editorial de LA NUEVA ESPAÑA del pasado 28 de diciembre. No se trata solo de competir por un título; hablamos de participar en un galardón de la Unión Europea que apuesta por la diversidad cultural y el desarrollo urbano a través de la cultura, esa forma superior de la convivencia. Oviedo ha aprendido a moverse sin estridencias pero sin pausa. Este mismo año será Ciudad Europea del Deporte, hito que coincide con el centenario del Real Oviedo y con la apertura de un inmaculado Palacio de los Deportes: cultura del esfuerzo y celebración del cuerpo que dialogan con el espíritu de superación.
La candidatura de Oviedo como Capital Europea de la Cultura 2031 trasciende fronteras administrativas: va más allá de San Claudio a Villaperi, de Las Caldas a Abuli o Colloto. Es un proyecto de Asturias entera, de una región periférica en el mapa pero central en intensidad cultural. Música, teatro, literatura, artes plásticas, creación audiovisual… un mapa de talentos que demuestra que la periferia es, muchas veces, el verdadero laboratorio del mundo.
Y es que Oviedo inspira. Cuando Woody Allen afirmó que la nuestra es "una ciudad deliciosa, de cuento, hermosa, limpia y amable, como las que ya solo existen en el cine", no exageraba: captó, con su ojo de narrador, la mezcla de hospitalidad y refinamiento que aquí se respira. Esa amabilidá –así, en asturiano– ha sido sabiamente elegida como lema inicial del proyecto. No hay palabra que contenga mejor el carácter de una ciudad que quiere abrirse sin perderse.
La candidatura es, en sí misma, una declaración de contemporaneidad. Alejada de localismos estrechos, se asoma a ese espejo de modernidad cultural que en las últimas décadas ha transformado urbes europeas en espacios de convivencia creativa. Madrid (1992), Santiago (2000), Salamanca (2002) y San Sebastián (2016) ya recorrieron ese camino. Ahora nos toca a nosotros caminar con paso firme, guiándonos por sus luces y alejándonos de sus sombras.
El 15 de enero sabremos si seguimos avanzando en el proceso. No albergo dudas: el proyecto tiene cimientos sólidos y vocación de futuro. Convertir Oviedo en Capital Europea de la Cultura 2031 significará irradiar vitalidad a todos los barrios de la ciudad y a todas las villas y pueblos de Asturias. Lo público y lo privado se darán la mano para transformar rincones en proyectos vivos, para dar voz a quien la merece, para encender luces donde hoy hay penumbra. Se trata de crear un ecosistema fértil para nuestros jóvenes creadores, de abrir talleres y conciencias, de comprender que la cultura no adorna, estructura.
Hoy más que nunca, la cultura es motor de bienestar emocional, inclusión, igualdad, crecimiento armonioso y memoria activa. Es puente entre generaciones, abrazo entre procedencias, brújula para orientarnos en tiempos líquidos. Oviedo ha demostrado que sabe cuidar su pasado sin momificarlo y que sabe mirar al porvenir sin olvidar quién es.
Si en 1966 me hubiera dicho alguien que esta ciudad sería todo lo que hoy es, quizá habría sonreído incrédulo. Ahora, en cambio, afirmo con serenidad que aún no hemos tocado techo. La candidatura 2031 no es el final de un trayecto, sino un trampolín: la oportunidad de decirle a Europa que en esta esquina verde se piensa, se crea, se dialoga y se vive con una intensidad cordial.
Que nadie se quede al margen. Este es un proyecto de todos y para todos, tejido con hilo de esperanza. Oviedo ya ha hecho algo decisivo: creérselo. Y cuando una ciudad cree en sí misma, el futuro –como la buena música– se afina solo.
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