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Elogio del gimnasio

Sobre un lugar en el que predomina el clima de igualdad y camaradería

El costumbrismo tiene en el gimnasio uno de sus blancos más fáciles. La descripción ácida de sus arquetipos (el cachas presumido, la choni motivada, el eterno sufridor que no adelgaza…); su caricaturización como mazmorra en la que se hacinan cuerpos sudorosos autoesclavizados, su señalamiento como propagador del narcisismo y la obsesión por la estética… Todos ellos son topicazos manoseados una y mil veces por el prosista listillo que, creyéndose custodio del ideal humano, considera que el físico debe trabajarse escalando montañas en camiseta, como Tom Cruise en "Misión Imposible 2".

¡Para nada! Si la civilización es técnica y economía (entendida esta última como ahorro eficiente de tiempo y esfuerzo), el gimnasio es claramente uno de sus templos. La cinta y la bici estática, maravillas tecnológicas, nos facilitan logísticamente el ejercicio en medio de nuestra ajetreada vida urbana. Además de ayudarnos a mejorar el tipo (por razones evolutivas la grasa es reacia a desaparecer, ya que el cuerpo la conserva como depósito energético de supervivencia ante posibles días de hambre), los aparatos gimnásticos nos procuran el chute de endorfinas necesario para sobrellevar esta mala noche en una mala posada llamada existencia. También en esto nos asiste la ciencia: el ejercicio completa el ciclo de estrés que inician emociones negativas como la ansiedad o la ira, pero que a menudo queda inconcluso. Además, el horizonte penal es más amable si proyectamos al jefe en el saco de boxeo en lugar de descargar la rabia sobre su misma persona.

A las ventajas físicas y psicológicas del gimnasio se suman las morales. Quien comienza a frecuentarlo realiza un "strip-tease" corporal y espiritual, exponiéndose a que los demás aprecien sus michelines, sus blanduras, sus fatigas. Se nota quién es novato, los titubeos del que se somete por primera vez a la disciplina de las mancuernas o el "spinning". El gimnasio es un observatorio de nuestra naturaleza caída y una escuela de superación personal. Hacen falta arrestos para comparecer en público y preservar la autoestima cuando compartimos sala con un Aquiles que podría rallar queso con los abdominales. Es un acto de absoluta humildad, de desnudez existencial, que conecta con el origen histórico de los gimnasios en la Grecia clásica: la palabra "gymnasion" definía al "espacio para el ejercicio desnudo". Esto ha generado no pocas connotaciones humorísticas que hoy no pasarían el corte, como aquel piloto de "Aterriza como puedas" de oscuras inclinaciones: "Joey, ¿has estado alguna vez en un gimnasio?".

En estos lugares, como en casi todo lo deportivo, predomina un clima social de igualdad, camaradería y tutela amistosa del principiante. En los vestuarios se habla mucho de lesiones, es un confesionario anatómico: "Estoy con una molestia en el brazo", "¿qué tal la espalda?", "llevo dos semanas sin venir", "tengo que retomar…". Hay dolor de los pecados (y de las articulaciones) y propósito de enmienda. En el gimnasio no sólo crece el bíceps: crece el alma.

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