Opinión | Crítica / Música
Cuánto tiempo sin verte, Plácido: así fue el regreso del barítono a la capital del Principado de Asturias
Extraordinaria gala lírica

Cuánto tiempo sin verte, Plácido
Gala lírica
Intérpretes: Plácido Domingo (barítono), Sabina Puértolas (soprano), Ismael Jordi (tenor), Oviedo Filarmonía.
Director: Óliver Díaz.
Programa: Obras de G. Verdi, U. Giordano, J. Massenet, G. Bizet, R. Soutullo y J. Vert, J. Guerrero, A. Vives, F. M. Torroba, G. Giménez y M. Nieto, E. Arrieta, P. Sorozábal.
Auditorio Príncipe Felipe, sábado, 19:30 horas
Oviedo se vistió de gala el sábado para asistir al regreso de Plácido Domingo a la capital del Principado –cuatro décadas después– en el marco de un recital lírico donde el madrileño estuvo magistralmente acompañado por la soprano maña Sabina Puértolas y el tenor jerezano Ismael Jordi; un auténtico trío de ases convertido en "full" si añadimos a la jugada a Oviedo Filarmonía y al director Óliver Díaz, dos bazas de marcada impronta lírica con una calidad más que contrastada que los han convertido en referentes en sus respectivas áreas a nivel nacional.
Pero como es lógico, Domingo acaparaba todos los focos. El intérprete y director musical es uno de los artistas más comprometidos con el género lírico nacional y su expansión lejos de nuestras fronteras –alcanzando varios hitos como la representación, en el teatro de La Scala de Milán, de la zarzuela "Luisa Fernanda" en 2003–, compromiso que unido a su talento y sensibilidad artística lo han encumbrado como uno de los embajadores internacionales de la "Marca España" y lo han hecho merecedor del Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 1991, otorgado de forma conjunta a la generación lírica española que integraban Victoria de los Ángeles, Teresa Berganza, Montserrat Caballé, José Carreras, Pilar Lorengar, Alfredo Kraus y el propio Plácido Domingo.
Por todo ello, el recital se concebía como un acontecimiento artístico de primer orden, tal vez comparable con el concierto de la Filarmónica de Viena de hace un par de años, y supone todo un acto de reivindicación musical, una muestra de la notoriedad alcanzada por Oviedo en el circuito internacional y un espaldarazo –a nivel de impacto y visibilidad– a la candidatura ovetense en su afán por erigirse Capital Europea de la Cultura en 2031. Todo un acierto y un éxito que se anota la Fundación Municipal de Cultura que, no obstante, no estuvo a la altura en otros detalles como en los programas de mano o en los obsequios a los artistas.
Oviedo Filarmonía aceptó con entusiasmo el reto que suponía la velada. Sus diferentes secciones se mostraron especialmente brillantes y bien cohesionadas bajo la siempre precisa y acertada batuta de Óliver Díaz, uno de los grandes especialistas en el repertorio lírico. En la obertura de "Nabucco" (G. Verdi), por ejemplo, demostraron unas dinámicas bien contrastadas y unos tempi algo acusados para mayor efectismo. La cuerda, tersa y homogénea, destacó especialmente en la obertura de la ópera "Carmen" (G. Bizet), título que cerrará, en un par de semanas, la presente temporada de la Ópera de Oviedo. El "Intermedio" de "La leyenda del beso" (R. Soutullo y J. Vert) dejó un lirismo arrebatador, con un extraordinario solo del arpista José Antonio Domené, optando Díaz por recrearse en el lirismo de una cuerda esmaltada y unas maderas muy cálidas y sugerentes. Una lástima la resbaladiza entrada de la percusión –excepcional durante el resto del concierto– y algún anecdótico desajuste puntual que no empañó el buen hacer de una formación en estado de gracia desde hace varios años. Óliver movió a la agrupación con acierto, plegándose a la agógica y las exigencias que imponían los líricos, arropándolos con experimentada sutileza.
La carta de presentación de Plácido Domingo fue el "Nemico della patria" de "Andrea Chénier" (U. Giordano), precisamente una de las dos óperas –junto con "Tosca" (G. Puccini)– que el por entonces tenor interpretó, a finales de los años 70, en la Ópera de Oviedo. Casi medio siglo después regresaría, en este caso al Auditorio Príncipe Felipe, con el aria de Carlo Gérard, exhibiendo un timbre redondo y coloreado y destapando unos graves interesantes con unos armónicos resonantes. Sí es cierto que en varios momentos se percibió algo vulnerable, apegado a la partitura (en el dúo "Udiste?... Mira, di acerbe lagrime" de "Il trovatore" de Verdi), pero a escasos días de cumplir los 85 años, Domingo todavía conserva una potencia vocal notable y una presencia y elegancia –tanto escénica como vocal– abrumadoras. Su experiencia e inteligencia le permiten también suplir algunos rigores propios de la edad –como una menor capacidad para enfrentar largos fraseos– aplicando pequeñas respiraciones casi imperceptibles y apurando las caídas con la orquesta para ganar fuerza y consistencia en los agudos finales.
La segunda parte, dedicada íntegramente a la zarzuela, dejó un Plácido mucho más cómodo y seguro, divirtiéndose sobre el escenario y dejando algunos momentos de una gran expresividad, como en la romanza "Mi aldea" de "Los gavilanes" (J. Guerrero) o en "Amor, vida de mi vida" (de "Maravilla" de Moreno Torroba) –romanza que interpretó otro mito de la lírica como Rolando Villazón hace un par de años en el mismo escenario– y que el público entendió y aplaudió como una declaración de intenciones hacia la carrera del madrileño.
Pero sin duda alguna, el momento mágico de la noche llegaría tras el propio recital, en una amplia selección de propinas donde Plácido se atrevió con una de las grandes romanzas de tenor: "No puede ser" de "La tabernera del puerto" (P. Sorozábal). Con una respiración bien dirigida y unos fraseos nada ampulosos pero ciertamente efectistas, el artista madrileño cautivó al público gracias a su elegancia canora, aplicando una esmerada dicción y una afinación impoluta, culminando en unos excelentes agudos para levantar al público de sus butacas.
Sabina Puértolas es una habitual en las programaciones líricas ovetense. Su aria ("Mercè, dilette amiche") de "I vespri siciliani" (G. Verdi) demostró todo su poderío vocal y técnico, ejecutando unas coloraturas nada sencillas con gran comodidad y aportando una carnosidad muy especial a sus intervenciones por medio de un vibrato controlado en todo momento. En la misma línea estuvieron su "Me llaman la primorosa" de "El barbero de Sevilla" (G. Giménez y M. Nieto), con un torrente vocal inverosímil que traspasó a una OFIL compacta y muy sólida. Las "carceleras" de "Las hijas del Zebedeo" (R. Chapí), que regaló como propina, pusieron una nota de picardía y la pirotecnia vocal necesaria para cerrar su actuación en solitario, con una cadenza expresiva y fabulosa que impactó al público.
Una espina clavada
El tenor Ismael Jordi también rayó a un nivel sobresaliente desde su "Pourquoi me réveiller" de "Werther" de Jules Massenet, una de sus arias predilectas que afrontó con un timbre brillante y un certero manejo del volumen. Tanto en esta pieza como en la romanza "Por el humo se sabe dónde está el fuego" de "Doña Francisquita" (A. Vives), el jerezano evidenció un fraseo elegante y sutil, dibujando con gran delicadeza cada una de las melodías y aportando una emoción en sus intervenciones que desbordaría en "Adiós, Granada mía" de la zarzuela "Los emigrantes" (R. Calleja y T. Barrera) que el público casi interrumpió en ovaciones y gritos de "¡Bravo!! Ante el desempeño del tenor.
Un recital ciertamente extraordinario por su valor artístico y simbólico que refuerza la labor de la Fundación Municipal de Cultura y sirve a los melómanos ovetenses para quitarse una espina cuarenta años enquistada, atajando la emblemática frase que canta Javier en la zarzuela "Luisa Fernanda" -reformulada para la ocasión-, "Cuánto tiempo sin verte, Plácido".
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