Opinión
Serena madurez
La pianista Yuja Wang rubrica una velada excepcional en compañía de la Mahler Chamber Orchestra en las Jornadas de Piano
Yuja Wang volvió al Auditorio Príncipe Felipe casi veinte años después de su debut en España –en diciembre de 2009, precisamente en la capital del Principado– con la garantía de saber que, en este caso, el tiempo ha jugado a su favor y ha ido forjando una intachable trayectoria y puliendo su inconmensurable talento hasta configurar una artista mayúscula, serena –pese a su apariencia inquieta y precipitada ante los aplausos del público– e inteligente, capaz de afrontar cualquier reto que se ponga por delante. De forma paralela a la carrera de Wang también han ido ganando notoriedad y prestigio las Jornadas de Piano "Luis G. Iberni" (organizadas por la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo) hasta erigirse en una referencia internacional por las que han desfilado los artistas más destacados del panorama musical, consolidando la imagen cultural de Oviedo más allá de nuestras fronteras.

Serena madurez
En esta ocasión, Wang llegaba en compañía de la Mahler Chamber Orchestra, una agrupación formada por músicos de unos 25 países diferentes que, no obstante, comparten el idioma universal de la música. Así se pudo observar en los ocho números que constituyen la "Suite" del ballet "Pulcinella", de Igor Stravinsky. Los músicos plasmaron la pompa y solemnidad que exige la "Sinfonía" y evidenciaron una "Serenata" notable gracias al extraordinario solo de la oboísta española Miriam Pastor, con un fraseo delicado y un lirismo arrebatador. Sin embargo, se echó en falta algo más de intención y de intensidad en determinados pasajes donde el maestro Fabien Gabel –a quien recordamos por su cita en la pasada campaña al frente de la OSPA– optó por recrearse en una gran tímbrica de las diferentes secciones, con unos metales lustrosos y una cuerda sedosa y atractiva.
El "concierto para piano y orquesta" de György Ligeti es una obra que, por sus características, transita habitualmente por los márgenes del canon sinfónico. Esta página del compositor rumano –del que se conmemora el vigésimo aniversario de su fallecimiento– requiere de una gran concentración y un férreo compromiso para sacar adelante debido a sus incesantes polirritmias y a la ausencia de referencias auditivas convencionales. El reto fue comprendido por Gabel, que priorizó la correcta cohesión de la plantilla de cámara de la formación orquestal optando por una gestualidad muy clara e intuitiva, descuidando el papel de la solista y opacando por momentos a Wang mediante una percusión algo desequilibrada aunque de una precisión quirúrgica.
La "chaconne" y el "Pas seul" de la "música para ballet" de "Idomeneo" (W. A. Mozart), ya en la segunda parte, destapó una cuerda esmaltada de la Mahler Chamber Orchestra –con una profundidad adecuada gracias a los contrabajos– y una mayor comodidad de Gabel, estirando y encogiendo los fraseos a su voluntad y mostrando la potencia y flexibilidad de la orquesta en unos tempi y unas dinámicas hábilmente trazadas.
El "concierto para piano número 1 en Mi menor" op. 11 de Chopin que cerraba la velada musical era el segundo reto para Wang. O, mejor dicho, el tercero si consideramos que a la labor solista añadió la faceta de directora para tomar los mandos de la orquesta. El respeto que los músicos profesan a la artista asiática se percibió desde los primeros compases, plegados a su volumen para dejar unos pianísimos muy efectistas que, unidos a la íntima ejecución de Wang –con una suavidad y dulzura admirables–, conformaron una atmósfera íntima y expresiva que se incrementaría en el segundo movimiento. El lirismo exacerbado de la "Romanze" fue enriquecido con alguna licencia interpretativa –en forma de ligero rubato– para conferir mayor atractivo si cabe a la obra del genio polaco. Además, Wang extrajo un sonido repleto de calidez del piano, cuidando los balances con la orquesta y ajustando la concertación para caer juntos en cada acorde. El "Rondo: vivace" final se convirtió en un luminoso espectáculo lleno de sensibilidad e intensidad expresiva con un halo poético que maravilló al entendido público ovetense –entre el que se apreciaban más rostros jóvenes de lo habitual– culminando con excelencia más de dos horas de música de altísimo nivel.
En definitiva, un reto mayúsculo para Wang con obras de gran complejidad que demuestran el nivel alcanzado por la pianista y su inteligencia a la hora de ofrecer espectáculos interesantes y novedosos que la ponen a prueba técnica y expresivamente y que serían imposibles de abordar sin la calidad de la artista china y sin la serena madurez que ha alcanzado en los últimos años.
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