Opinión
Identidades asturianas
Los riesgos de un exagerado sentimiento regionalista

Identidades asturianas
He logrado comprender la ponzoña nacionalista que reina en las almas de muchos montañeros tipo Arnaldo Otegi, que dijo aquello de que "el día en que los jóvenes vascos estén comiendo hamburguesas, escuchando rock americano y navegando por internet en lugar de pasear por los montes, será un mundo tan aburrido que no merecerá la pena vivir".
Cuando bajo caminando de la cima del Naranco también me asaltan esas tentaciones paletas. El paisaje me embelesa: al fondo, la sierra del Aramo; y extendida a mis pies, la muy noble, muy leal, benemérita, invicta, heroica y buena ciudad de Oviedo. El colocón endorfínico del ejercicio intensifica la plenitud del momento y musito: "Coño, qué bonita es mi ciudad, incluso pese al Calatrava". Y me vengo momentáneamente arriba y me convenzo de que habito el lugar más bello del mundo. Es más, llego incluso a sopesar la posibilidad de que sus habitantes sean mejores que los demás.
Conforme voy bajando y se va disipando el chute neuroquímico, recupero cierta claridad de juicio. Sí, está bien tener apego por tu pueblo, forma parte de la sana jerarquía de los afectos terrenos. La tarifa plana del amor universal (apreciar lo mismo a un neozelandés que a tu vecino, como querer igual a tu primo tercero que a tu hijo) es antinatural, una quimera. Pero hay que evitar que ese noble sentimiento (llamémosle patriotismo) se inflame y degenere en nacionalismo, localismo, identitarismo o el "ismo" que se quiera: eufemismos del egoísmo tribal y rústico de toda la vida.
Porque tendría yo que estar realmente borracho de ideología o provincianismo para negar que en ese Oviedo bajo el Naranco habita seguramente la misma proporción de santos, cabronazos, tarados y personas normales y corrientes que en Gijón, Avilés, Detroit o Kuala Lumpur. Cada cultura tiene sus particularidades, sin duda, pero todos los seres humanos se acaban pareciendo bastante. Y, al mismo tiempo, cada persona tiene dentro de sí varias pertenencias, varios arraigos, varias tradiciones. Lo explicó brillantemente Amin Maaloudf en "Identidades asesinas", un ensayo que debería ser tan obligatorio como la nueva baliza del coche.
En Asturias, como en el resto de regiones españolas (50 años de Estado Autonómico no salen gratis), tendemos a dispensar carnets de buena asturianía. De hecho, estamos todo el día reflexionando sobre qué es o qué debería ser Asturias. Es un bucle obsesivo, un ensimismamiento agotador que, no obstante, suele acabar resumiéndose en los mismos iconos de siempre, en los resortes nostálgicos que favorecen el relato del que manda. En no pocos casos, lo que subyace es un cierto resentimiento social, cuando no un clasismo inverso (igual de repugnante que el clasismo de siempre), que otorga más pureza de sangre al nieto de mineros que al de médicos.
Corremos los asturianos el riesgo de aquel personaje obeso de "El sentido de la vida", de Monty Python: nos quieren meter por el gaznate hectolitros y hectolitros de doctrina identitaria hasta que acabemos reventando de pura asturianía, dejándolo todo perdido de sidra, carbón y versos de Víctor Manuel.
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