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Dúo notable, Jornadas de Piano "Luis G. Iberni" excepcionales

Daniel Lozakovich (violín) y David Fray (piano) convencen al público ovetense en una velada musical cuyo nivel fue in crescendo

Las Jornadas de Piano "Luis G. Iberni" traspasaron el pasado miércoles el ecuador de la presente edición mediante un recital que, de menos a más, terminaría en unas cotas altísimas de virtuosismo y expresividad. La atmósfera, íntima y cálida, que se respiraba en el Auditorio Príncipe Felipe a través de una tenue iluminación invitaba a la introspección y al deleite de una jornada musical camerística, máxime cuando por megafonía se anunció que se brindaría el recital a las víctimas (y a sus familiares) del accidente ferroviario de Adamuz con una impactante y conmovedora sentencia final –"la música que hoy nos une les de un poco de consuelo"- que motivó una salva de aplausos unánime en una sala que sin la mejor entrada de la temporada, presentaba un gran aspecto.

Pero tanto Lozakovich como Fray –que se hicieron de rogar sobre el escenario– no terminaron de encontrarse del todo cómodos en las piezas iniciales. La "sonata en Si menor" BWV 1014 de Johann Sebastian Bach dejó un tándem de fraseos ajustados, aunque con un piano demasiado poderoso que no permitió a Lozakovich mostrar todas las virtudes tímbricas de su instrumento. La sobriedad del dúo se resquebrajó en la "sonata en Mi mayor" BWV 1016, también de Bach, con mayor expresividad y un sonido más equilibrado por parte de ambos intérpretes, técnicamente sobresalientes, limpios y pulcros en cualquier registro de violín y piano.

Sin embargo, a pesar de ofrecer una primera parte de recital correcta, sería en la segunda mitad donde Lozakovich y Fray rendirían a un nivel óptimo. La "sonata para violín y piano número 9 en La mayor" de Ludwig van Beethoven evidenció una gran sintonía entre ambos artistas desde el "adagio sostenuto" inicial, un movimiento de gran extensión, vertebrado por un tema –bien perfilado en cada una de sus invocaciones– y donde el diálogo entre violín y piano es una constante que dejó momentos de cierto efectismo. Los contrastes forte–piano y los cambios de tempi estuvieron hábilmente trazados por los intérpretes y a todo ello unieron una sonoridad enriquecida gracias al esmaltado timbre del Stradivarius, incisivo y perfectamente timbrado en el registro más agudo, mientras Fray aportaba la calidez precisa desde el teclado, conmoviendo en algunos compases del "andante con variazioni". En el último movimiento de esta sonata "Kreutzer", los artistas dieron rienda suelta a su virtuosismo gracias a los veloces pasajes escritos por el genio de Bonn, manteniendo la tensión y la precisión en cada entrada y retirada del sonido, contraponiendo temas y creciendo juntos en algunas dinámicas ejecutadas acertadamente.

Agradecidos ante el reconocimiento del público, regalarían el "andante con variaciones" de la "sonata número 25" de Wolfgang Amadeus Mozart y el "Preludio y allegro" de Fritz Kreiler, a modo de propina. Estas dos páginas subieron todavía un peldaño en intensidad y virtuosismo respecto a la última obra del programa y permitieron al dúo reivindicarse en un repertorio clásico-romántico donde rayaron a un nivel más alto que en el barroco de la primera mitad.

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