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Los portales de Oviedo

El amor, o lo que sea, hoy si se lee es en la pantalla

Los portales de Oviedo sirvieron durante mucho tiempo para muchas cosas, abiertos a lo bueno y a lo malo. Las casas modestas tenían, como es natural, portales modestos, en cuya parte posterior había leñeras o carboneras, así como trasteros. También les eran útiles a las parejas para sus cortejos, sobre todo cuando la bombilla del techo estaba fundida, cosa que sucedía con frecuencia. Los de las casas ricas, grandes y a veces aparatosos, con espejos y algún que otro cuadro, tampoco es que fueran gran cosa, que Oviedo no daba para tanto. Por todos ellos se colaban panaderos y lecheras, que muchas veces subían su mercancía hasta los pisos; hoy, en las ciudades, se puede comprar pan en cualquier sitio, pero no es tan fácil recibirlo en casa, y las lecheras cayeron víctimas de los bricks. Los porteros, por su parte, camino van también de la extinción, ya sin calderas que alimentar de carbón y con telefonillos que regulan el paso a través de rejas pretenciosas e impersonales. Y eso que aquellos centinelas permanentes vendrían muy bien, hoy que todo menos el pan y la leche se trae a domicilio, para hacerse cargo de los paquetes. Los carteros de siempre, aunque tienen más fácil el reparto (y más desde que empezó a haber en los portales buzones en los que colar las cartas, y ya no les hacía falta silbar desde la calle para llamar al destinatario) entregan hoy poco más que citas médicas, multas y propagandas: el amor, o lo que sea, si se lee es en la pantalla.

Y hablando de cartas, en la mía a los Reyes pedía un museo de Oviedo. Y se conoce que no fui muy buena.

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