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Oviedo

El grito de la OSPA

La orquesta sinfónica del Principado logra buenos resultados artísticos con su principal de tuba, David Moen, como solista y bajo la dirección de Ramón Tebar

La OSPA continúa ofreciendo un buen nivel en su temporada de abono, en este caso, a través de la sexta cita del curso, mediante un programa interesante que combinaba repertorio canónico por todos conocido con una pieza contemporánea en un esfuerzo –recurrente y necesario los últimos años– de ampliar el encorsetado canon que impera en la música clásica. El público parece apoyar a la OSPA con su asistencia, en unos niveles todavía inferiores a los que presentan otros ciclos musicales en el Auditorio, pero mucho más aceptables que los de hace varias temporadas. Sin duda, hay motivos para esta reacción, ya que la formación sinfónica parece haber alcanzado estabilidad institucional y ello ha corrido parejo de unos buenos resultados artísticos. Como prueba, el concierto del pasado viernes.

El grito de la OSPA

El grito de la OSPA

La "Obertura para un Festival Académico", op. 80 de Johannes Brahms dejó una OSPA bien ensamblada, edificada sobre una cuerda sedosa donde sobresalieron unos violines brillantes comandados con gran acierto por Aitor Hevia. Aunque los metales se mostraron algo dubitativos en varios pasajes, los músicos evidenciaron un buen nivel y plasmaron adecuadamente el carácter entre irónico y solemne que impregna esta partitura del compositor hamburgués.

"The cry of Anubis" cede buena parte del protagonismo a la tuba, un instrumento difícil de ver en las salas de concierto como solista. La obra de Harrison Birtwistle no está concebida como un concierto al uso, sino como una sucesión de episodios que se engarzan bajo la tímbrica de la orquesta sinfónica, casi a la manera de una suite. El compositor americano hace corresponder a la tuba con el dios egipcio Anubis, simbolizando en su partitura el tránsito entre la vida y la muerte con algunos efectos que reflejan ese primitivismo de la mitología antigua –en algunas melodías y giros arcaizantes– como el carácter mortuorio ejemplificado en la utilización de las campanas. David Moen, principal de tuba de la OSPA, resolvió con mucho aplomo sus intervenciones, demostrando la amplitud de registros que posee su instrumento, así como la capacidad melódica en algunas células temáticas muy bien ejecutadas. Tebar priorizó este interesante diálogo manteniendo en segundo plano a la orquesta, manejando con habilidad las texturas de una partitura compleja, pero con matices interesantes de escuchar que por momentos cobró tintes cinematográficos en el tratamiento de las disonancias.

La segunda parte quedaba conformada por la "Sinfonía número 9 en Mi menor", op. 95 de Dvorák, una de las más célebres de la historia conocida como la sinfonía "Del nuevo mundo". Tebar emergió desde el pódium para guiar con experimentada madurez a los músicos, optando por unos tempi que permitieron a la OSPA lucir una gran flexibilidad –a pesar de su numerosa plantilla– y un lirismo arrebatador en los movimientos lentos. Sí constatamos varias entradas resbaladizas –en las maderas al inicio del "adagio– allegro molto" o en los metales en los primeros compases del "largo"-, recurrentes en las últimas citas, que convendría solventar. Las secciones permanecieron equilibradas, con unas flautas y oboes superlativos en las exquisitas melodías del maestro checo, controlando en todo momento los fraseos y apoyándose en una atractiva sonoridad de la cuerda. El director de la velada, Ramón Tebar, se permitió también alguna licencia, como recrearse en los silencios de la cuerda del segundo movimiento, añadiendo unas dosis de dramatismo que los músicos captaron con precisión y que contribuyó a generar una comunión especial con el público. Al fluido "molto vivace" seguiría el "allegro con fuoco" final, tenso y con intención desde la primera nota, sin demasiado contraste en volumen, pero dando muestras de solidez y poderío en todo momento.

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