Opinión
Elvirita y McNamara pasan el cepillo
La Iglesia es una institución que acoge a los renglones torcidos de Dios
Cuando era niño, Elvirita protagonizaba una de las escenas características de la misa de 8 de la tarde en la iglesia del Corazón de María. Elvirita era una mujer menuda, ya entrada en años, con síndrome de Down. Al aproximarse el momento de la colecta, se levantaba de su asiento y permanecía unos segundos en posición de salida a pocos metros del cesto: tensa, concentrada, como un jaguar a punto de saltar sobre su presa. Antes de que otro feligrés se le adelantara, Elvirita acudía rauda a por la canasta e iniciaba el circuito colector entre los fieles. Domingo tras domingo, la mujer cumplía celosamente con su misión.
Muchos años más tarde, cuando yo vivía en Madrid, solía ir a misa al Oratorio del Caballero de Gracia, una pequeña iglesia en la Gran Vía. Allí también había un ujier (así se llama a los laicos voluntarios que se encargan de que todo fluya con orden) que pasaba el cesto con impecable ejecución. Se llamaba (y se sigue llamando) Fabio de Miguel, aunque públicamente ha sido más conocido por su nombre artístico, Fabio McNamara. En los años 80 había destacado como una de las figuras más pintorescas y salvajes de la Movida, apareciendo en varias películas de Almodóvar, con quien formó dúo musical durante un tiempo. Homosexual y politoxicómano, McNamara experimentó una fuerte conversión mientras esperaba en la puerta del templo madrileño a que una ‘kunda’ (un taxi ilegal) le llevara a comprar heroína. Fabio se volvió un devoto católico y un parroquiano fijo de Caballero de Gracia. Allí le veía yo con su esquelética figura, su rostro huesudo marcado por la enfermedad, sus rosarios colgados del cuello, sus piadosísimas postraciones ante el altar.
Sin duda, Fabio es una persona excéntrica con una biografía agitada y no representa la normalidad (permítaseme la palabra) de un católico corriente. Pero he asociado su recuerdo con el de Elvirita porque ciertamente la Iglesia es una institución que acoge a los renglones torcidos de Dios: los enfermos, los rotos, los marginados, los descarriados. Las parroquias difícilmente darán nunca la espalda a aquellos considerados disfuncionales o inútiles. Todos hemos hecho alguna vez bromas de mejor o peor gusto sobre esas personas, a veces desde una posición de altivez o suficiencia. Por fortuna, la doctrina católica pone especial énfasis en la atención a los débiles, aunque eso tampoco significa que la Iglesia ejerza una suerte de selección inversa: algunas de las mentes más brillantes de la Historia también eran católicas. También mentes corrientes, las que no destacan, las mediocres. Todo el mundo es bienvenido y Dios sólo sabe contar hasta uno.
De hecho, en realidad todos somos también un poco como Elvirita y McNamara. También padecemos otras carencias y enfermedades, aunque estén socialmente aprobadas (como la adicción al trabajo o al teléfono móvil, entre otras). También andamos todo el día pasando "cestos" entre los demás para que depositen sus "likes" en Instagram, sus retuits en X, sus "matches" en Tinder, sus palabras de aprobación y reconocimiento. También todos mendigamos unos céntimos de amor.
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