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JUAN ÁLVAREZ ARECES

La marquesina de la Fábrica de Gas

¿Qué hacemos con la memoria industrial de Oviedo?

La marquesina de la antigua Fábrica de Gas de Oviedo, diseñada por el ingeniero Ildefonso Sánchez del Río, no es solo una estructura de hormigón y acero: es un testimonio del pasado industrial de la ciudad y una pieza esencial de su patrimonio. Hoy, sin embargo, su futuro está en riesgo. Ginkgo Advisor, actual propietaria del conjunto, plantea su demolición alegando un supuesto estado de ruina y una inviabilidad económica que esconden una lectura interesada de la situación.

El deterioro de la marquesina no es consecuencia inevitable del paso del tiempo, sino el resultado directo de décadas de abandono consciente. La Ley de Patrimonio Cultural de Asturias es clara: los propietarios de bienes protegidos están obligados a conservarlos. No estamos ante pequeños propietarios desbordados, sino ante grandes empresas con capacidad suficiente para asumir esa responsabilidad.

La propiedad sabía qué compraba y bajo qué condiciones. Conocía el grado de protección del conjunto y aceptó esas reglas. Los daños que hoy se esgrimen no pueden desligarse del abandono continuado al que ha sido sometida la marquesina. Presentar la demolición como única salida es una simplificación interesada que busca eludir responsabilidades legales y patrimoniales muy concretas.

Aceptar esa dejación como argumento para justificar su desaparición sería un error grave. Más inquietante aún es que la pérdida de la marquesina esté vinculada a la propuesta de un nuevo Plan Especial que incrementa en un 78 % la edificabilidad prevista en el actual Plan Portela. Premiar con ventajas urbanísticas la destrucción de un bien protegido sentaría un precedente peligrosísimo: el abandono como estrategia para obtener beneficios, un mensaje demoledor para quienes sí cumplen con sus obligaciones de conservación.

Una decisión de este tipo erosionaría la credibilidad de las políticas patrimoniales y urbanísticas y dañaría la confianza de la ciudadanía en las instituciones encargadas de defender el interés común. El patrimonio dejaría de ser un valor compartido para convertirse en una variable negociable, sometida a intereses coyunturales y a cálculos puramente económicos.

Frente a este enfoque miope, la marquesina debería entenderse como lo que realmente es: una oportunidad. Su restauración o reconstrucción no solo es posible, sino razonable. La experiencia demuestra que estructuras muy deterioradas pueden recuperarse con éxito. Buena parte del patrimonio europeo que hoy admiramos —y Oviedo es un ejemplo elocuente— fueron en su día auténticas ruinas.

En este escenario, la responsabilidad política es clave. Un buen alcalde no debería pedir a los Reyes Magos la desaparición de un bien protegido porque “la marquesina no sirve para nada y está paralizando una operación maravillosa para Oviedo”, ni calificar de “caprichos de algunos” el estricto cumplimiento de la legalidad en materia patrimonial. Debería, por el contrario, defenderla como parte irrenunciable de la identidad de Oviedo. Al menos, la Dirección General de Patrimonio ha sido clara al recordar que “el estado de ruina no exime del deber de conservación”. Algo es algo. Gracias al alcalde, hemos recuperado incluso la ilusión de volver a creer en los Reyes Magos.

Esta posición no admite ambigüedades, más aún cuando Oviedo aspira a ser Capital Europea de la Cultura en 2031. Esa aspiración exige coherencia entre el discurso y las decisiones reales. La marquesina podría convertirse en un ejemplo de integración del patrimonio industrial en un proyecto cultural contemporáneo, como han hecho ciudades como Liverpool, Turín, Essen o Pilsen.

El patrimonio no se hereda sin más: se cuida, se defiende y se asume como responsabilidad. La marquesina no es un problema que haya que eliminar, sino un compromiso que hay que afrontar. Su demolición sería una pérdida irreparable y un fracaso colectivo; su conservación, una declaración clara sobre la ciudad que Oviedo quiere ser.

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