Opinión
La bala de Normandía
Un hallazgo de largo recorrido

La urna con la bala de Normandía, entre piedras y arena de la playa de Omaha.
A finales de los años noventa viajé en coche con mi familia (padres, hermanos y mi abuela materna) desde Oviedo hasta Normandía, en el norte de Francia. Yo tenía doce años. Se acababa de estrenar «Salvar al soldado Ryan», la película de Spielberg sobre el desembarco de las tropas americanas, y yo estaba convencido de que, incluso medio siglo después de la Segunda Guerra Mundial, podía encontrar en aquellas playas una de las balas de aquella batalla tan sangrienta como decisiva.
Durante días estuve dando la murga a mis amigos con que el hallazgo era posible, que la peli de Spielberg mostraba la cantidad de tiros que se habían disparado aquel 6 de junio de 1944, que cómo no iba a quedar bajo la arena o incrustada en las rocas alguna de las balas que no habían alcanzado su objetivo. Incluso pensé en llevar un detector de metales.
Llegamos a la costa normanda al cabo de dos días en la carretera. Tras visitar el pueblito de Sainte-Mère-Eglise, donde un maniquí emulaba al paracaidista americano que se había quedado colgado del campanario de la iglesia en la noche del desembarco, aparcamos el coche frente a la playa de Omaha. Yo hervía de emoción y salí corriendo hacia la orilla. En mi cabeza recreé el salvaje enfrentamiento entre nazis y aliados que allí había tenido lugar. Y me puse inmediatamente a rastrear el suelo, removiendo la arena como un sabueso. Mi familia me acompañó en mis pesquisas.
Habían pasado unos minutos (pudieron ser cinco o quince, no recuerdo) cuando oí a mis espaldas la voz de mi abuela: «¡¡Yago!!». Aquella imagen sí me quedaría grabada para siempre: a sus pies, de entre la arena asomaba un pequeño cilindro metálico. No lo podía creer. No podía ser. Me agaché y recogí el objeto con máxima delicadeza, como si aún pudiera detonarse. Lo observé: era un casquillo herrumbroso de color parduzco. El casquillo de una bala. Una bala de la Segunda Guerra Mundial que había esperado durante 50 años en la playa de Omaha a que yo (bueno, concretamente mi abuela) la encontrase.
Durante el resto del viaje floté en una nube de felicidad. Una vez en Oviedo, depositamos la bala en una pequeña urna de cristal en la que también metimos arena y varias piedras que habíamos cogido en Omaha. No obstante, al día siguiente la llevé al colegio para enseñársela a mis amigos. Yo tenía razón. Mi sueño se había cumplido.
Pasaron unos años. Yo tendría unos 17. Era sábado por la noche y estaba en casa con mi hermano y sus amigos, seis años mayores que yo, tomando unas copas. Mis padres pasaban el fin de semana en Luanco y mi hermano había aprovechado. Yo disfrutaba con ellos, me hacían sentir mayor. En un momento dado, la conversación aludió a una monumental mentira que alguien le había contado a otro alguien en algún momento. Fue entonces cuando Pablo, un amigo de mi hermano, le dijo con despreocupación: «Sí, como aquella trola de la bala de Normandía que le contasteis a Yago».
Las palabras me paralizaron como un dardo venenoso. Miré a mi hermano. Mi hermano miró a Pablo. Pablo me miró a mí y luego a mi hermano. Pablo le dijo entonces con voz queda: «¿No…no lo sabe todavía?». Mi hermano me miró, inclinó un poco la cabeza, apretó los labios y encogió los hombros, haciendo ese gesto universal que significa «sí, has descubierto el pastel, qué quieres que te diga».
Y entonces lo contó. Días antes del viaje a Normandía, mi padre, sabedor de la ilusión que me hacía encontrar una bala, le pidió un favor a su amigo Joaquín Orejas, aficionado a la caza. Este le prestó un viejo casquillo de una bala de siete milímetros de la marca RWS (fabricante alemán, lo cual daba verosimilitud al hallazgo). Mi padre se confabuló con mi abuela y tramaron el plan: una vez en la playa, aprovechando un momento en que yo estuviera buscando en la arena, ella debía soltar el casquillo a sus pies y fingir que lo había encontrado. El complot fue un éxito.
Con los años he apreciado mucho más lo que significa para mí ese trozo de metal. Me parece mucho más valioso su verdadero origen que si hubiera procedido realmente de una ametralladora disparada en 1944.
La bala, por supuesto, sigue en su pequeña urna, semienterrada en la arena de Normandía.
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