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Opinión

Marcelino Rodríguez

Ciudad Naranco

Ciudad Naranco no quiere ser Andorra

"Millares de siglos antes de existir Oviedo, el Naranco ya era ovetense"

Recreación de la pista cubierta de atletismo proyectada en Ciudad Naranco.

Recreación de la pista cubierta de atletismo proyectada en Ciudad Naranco.

A cualquiera que conozca un poco la historia reciente de Ciudad Naranco seguro que no le es ajena la figura de Milio’l del Nido. Entre otras muchas cosas, Milio fue el primer presidente que tuvo la Asociación de Vecinos de Ciudad Naranco, allá a mediados de los 70. Por entonces, y según sus propias palabras, "en el barrio faltaba de todo… estaba hecho una llacería y no había nada de nada“. Y tenía razón: por no haber, no había ni asfalto en muchas calles. Algunos taxistas hasta se negaban a pasar del puente del Cantábrico a causa de los socavones. Pero, aunque no hubiera calles dignas, en el barrio sí llegamos a disfrutar de algo que no tenían en el resto de Oviedo: un equipo de balonmano.

Para echar en marcha el Balonmano Ciudad Naranco —que llegó a jugar en División de Honor— la junta directiva de entonces, en la que estaba Milio, iba haciendo carnés del equipo a mil pesetas el abono entre los vecinos. En una de sus visitas en busca de patrocinadores, Milio, junto al ya desaparecido Antonio Junquera, presidente del equipo, y Paco, el capitán, se acercaron "a buscar perres“ hasta las oficinas del Águila Negra en Colloto. En aquella reunión con los directivos de la empresa, Junquera, en un afán por impresionarlos para convencerles de las virtudes del barrio, aseguró que en Ciudad Naranco eran muy "andorranos“, sugiriendo además que "si nos ponemos a beber cerveza, igual la fábrica no tiene producción bastante para abastecernos“. Milio cuenta esta anécdota —y otras muchas— en su delicioso libro Histories del Balonmano Ciudá Naranco no solo como un chascarrillo, sino como metáfora de lo que, por entonces, era el barrio: poco menos que la Andorra de Oviedo. Un lugar indómito y casi montuno que, quizás por su orografía o vaya usted a saber por qué, apenas contaba para la ciudad.

Hoy, casi medio siglo después de aquella anécdota, la historia no ha cambiado mucho. El único polideportivo que existe en el barrio —si se le puede llamar así— sigue siendo el de las Ursulinas. Entre aquellas paredes y gradas, donde en teoría solo entraban mil personas, el equipo de balonmano consiguió el histórico ascenso nada menos que ante el Banesto de Valladolid. El grito de guerra de aquel partido —en realidad, una batalla épica— aún resuena entre los que lo vivimos: "¡Banesto por millones / Naranco por co…es!“.

La identidad y el futuro de Ciudad Naranco estuvieron siempre ligados a la fuerza y la unidad de sus vecinos. Desgraciadamente, muchos de ellos ya no están aquí para seguir tirando del carro. El equipo se fue a otros pabellones más modernos y grandes… hasta que prácticamente acabó desapareciendo. Nunca volvió a lograr juntar a aquella afición. Sin embargo, hay una esperanza: existen nuevos vecinos que intentan revertir este pasado reciente de abandono institucional y que pretenden —pretendemos— conseguir lo que se le niega a Ciudad Naranco desde siempre: un polideportivo digno de tal nombre… pero que sea para todos, para los que vivimos en el barrio y para todos los ovetenses. Aunque, para eso, vuelvo a insistir, hace falta la unión y la fuerza de todos.

El futuro más próximo parece que pasa por una pista de atletismo con unas gradas para 3.000 espectadores. Algo que, en principio, no tiene por qué ser malo, pero que está a años luz de la verdadera identidad y, sobre todo, de las necesidades del barrio. En Ciudad Naranco no nos hacen falta tanto los millones como los corazones de aquella afición. Y para volver a juntarlos hay que remar todos juntos y a una. Se lo debemos a Milio’l del Nido; a los que ya no están aquí, como Junquera, y a los que todavía están llegando o por llegar. Ciudad Naranco no quiere seguir siendo la Andorra de Oviedo: quiere ser tan de Oviedo como lo son el resto de sus barrios y merece que los que allí vivimos —y los que nos representan— estemos a su altura.

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