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Yago González

Yago González

Redactor de Economía.

Historias mínimas

Los relatos que animan la vida ovetense con un calor tan discreto como eficaz

El periodista y sacerdote navarro Javier Marrodán, uno de mis maestros, solía citar un pasaje reflexivo de "Los Miserables", la novela de Víctor Hugo, para definir las dos misiones del buen historiador y del buen periodista. Por un lado, ocuparse tanto de aquello que ocurre en la superficie de la civilización —y así lo enumeraba Hugo: "las luchas de las coronas, los nacimientos de los príncipes, los casamientos de los reyes, las batallas, las asambleas, los grandes hombres públicos..."—, como de lo que sucede en el subsuelo, que el escritor francés también detallaba: "La mujer oprimida, el niño que agoniza, las guerras sordas de hombre a hombre, las ferocidades oscuras, las preocupaciones, las alarmas fingidas, las evoluciones secretas de las almas…".

Historias mínimas

La entrada a los desaparecidos cines Brookyn, en General Zuvillaga. / Luisma Murias

Pienso que esas dos miradas también pueden aplicarse a la historia de Oviedo. Se ha dicho muchas veces que el periodismo es el primer borrador de la Historia, con mayúscula, y esa labor la ejerce espléndidamente esta sección de LA NUEVA ESPAÑA. Pero es cierto que el periodismo se suele centrar en los acontecimientos públicos de interés general: la vida política e institucional, los proyectos urbanísticos, las iniciativas vecinales, las inquietudes de un determinado colectivo…

Sin embargo, la historia de Oviedo también se escribe cada día en la multitud de situaciones que viven sus habitantes en la calle. Historias que quizás no tengan por sí mismas la entidad de noticia, que no encajan en el formato convencional de una publicación periodística, pero que animan la vida ovetense con un calor tan discreto como eficaz, como el riego sanguíneo, como la sal de un buen guiso.

Historias insólitas, curiosas, entrañables… Algunas tristes, algunas divertidas. Algunas quizá ni siquiera alcancen la categoría de historia y estén a medio camino de la observación y el suceso: un destello, un matiz, una pintoresca costumbre.

Recuerdo a una amiga que, hace años, caminaba tranquilamente por la calle cuando un zapato cayó en la acera delante de ella, como llovido del cielo. Pertenecía a un hombre que se había arrojado por una ventana unos metros más lejos. Y recuerdo cuando a dos amigos y a mí nos dieron el palo dos veces seguidas en Pérez de la Sala. Y recuerdo las palomitas de Jovino que metíamos a escondidas en los cines Brooklyn. Y a Manolín el Gitano riñendo a una señora frente al Campoamor por no darle limosna. Y aquel simpático anciano del ‘Pool’, la sala de billar junto a La Gesta, que enseñaba a jugar a las chavalas. Y la historia de mi madre cuando un extraño le tocó un pecho en la calle Santa Susana y ella salió corriendo tras él hasta alcanzarle y arrearle en la cabeza. Y la mujer que hace poco me preguntó cómo llegar a la calle Doctor Eduardo González Menéndez, a lo que yo respondí con mucho gusto, dado que ese hombre era mi abuelo. Y cuando mi primo Santi me dijo que iba a Whippoorwill a ver tocar a un amigo suyo que estaba empezando en la música, un tío llamado Ramón Melendi.

Estoy convencido de que ustedes guardan en su memoria historias y escenas sabrosas e impactantes como estas. Estaré encantado de leerlas y, si así me lo autorizan (con los anonimatos que crean pertinentes), poder escribir entre todos el diario íntimo de Oviedo en futuras entregas de "Las ranas". Pueden enviármelas a este correo electrónico: ygonzalez@lne.es.

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