Opinión
Entre Bueño y las consistoriales
Las crónicas de la Transición en Asturias
Recuerdo a Pelayo Vaquero, vecino de Bueño, extendiendo brazo a media altura, voz queda y cavernosa pero muy amiga, en sobresaliente carcasa corpórea:
-Ahí, tras esa enorme chimenea, está mi pueblo que según mi hijo y sus primos es el lugar de más hórreos del mundo. Debe ser. Siempre lo supe… Sin discutir.
El hijo, José Manuel, buen escritor y mejor gestor periodístico, era columnista diario de LA NUEVA ESPAÑA, corresponsal de "El País", en el que firmaba más, incluso en páginas deportivas, que el director Cebrián y los redactores habituales, y colaborador de lujo de "Asturias Semanal", publicación que tanto hizo igualmente por la transición democrática en nuestra región. Estábamos bien mediado el tercer cuarto de siglo sin finiquitar. Mi gente entonces menuda, mi mujer y yo habíamos tomado cariño a toda la familia Vaquero y a ese espacio paradisíaco que visitábamos findes abiertos al infinito. Han pasado décadas, Pelayo dejó pronto de estar con nosotros. Su pueblo adoptivo, con todos los merecimientos, y demasiado retraso, fue reconocido "pueblo ejemplar". Ahora, Vaquero Jr., miembro del RIDEA, ha dado a la estampa, retocadas, aquellas sus crónicas de LNE, que se convirtieron, como ha señalado Javier Junceda, brillante presentador, en fuente imprescindible para medir la temperatura socioeconómica asturiana de 1975 a 1983 que llenando los dos tomos terminan a un paso del umbral de mi candidatura a las consistoriales. El periódico, como España y los españoles, también estaba en plena transición hacia la modernidad. Vaquero se adentra en materia fundamental para la memoria crítica de los propios actores. Hubo, y seguirá habiendo, narradores varios que insistan para delimitar las nuevas fronteras del verso/poema eternizado de esta "Asturias de mis (nuestros) amores". Nuestra historia, en esta diminuta esquina europea, precisaba recoger y masticar estas crónicas para facilitar, y aún animar, la recuperación de la clarividencia en la gran patria española, excesivamente polarizada que, de no reaccionar pronto, corre el peligro del desnorte.
Vaquero conduce, con este par de libros, a sus lectores a aparcar la maldita famosa greguería de Walter Lippmann de que su trabajo serviría de envoltura al pescado de la mañana siguiente.
Hace mucho que no voy por Bueño; los ecos sublimados de su nostalgia, sin embargo, me llegan al magín por esa puntiaguda chimenea, resistente a vientos y vuelos, de la central de Soto de Ribera que diviso enhiesta desde el fabuloso ventanal a la Sierra del Aramo de Ovida/Montecerrau. ¡Cuántas remembranzas rescatadas en esta relectura en distinto formato de lo mejor de La Nueva! ¡Qué pena la desaparición del bueno de Pelayo Vaquero! n
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