Opinión
Fernando Esteso
Una anécdota insólita de antaño
Con motivo de la muerte de Esteso he visto, y/o escuchado, hasta la saciedad bastos cánticos que llamaba, en colmo grotesco, insoportable y despectivo, «La Ramona». Pese a que en España se entierra con grandes alabanzas, el gran Rubalcaba dixit, en algunos frentes, ¿atrevidos consecuentes?, se tacha hogaño a Fernando Esteso de «grosero», «vulgar» y «machista», que lo era. Sin embargo, siento la opinión que voy a dar de desencajada del estereotipo tras la única vez que vi en directo al artista. Fue en el Club Náutico de Salinas. Era noche agosteña de 1974; en la contigua playa «Espartal» acababa de arribar Carlos Arias Navarro, que veranos antes se había hecho ver como Alcalde de Madrid. Esa vez Arias quería se notase su aparatoso séquito policial que daba lustre a su nuevo cargo. El Club había tenido un carpetovetónico sucedido el año anterior cuando la directiva social se sintió obligada a interrumpir, primero, y suspender luego, un concierto de «Desde Santurce a Bilbao. Blues band» por las airadas protestas de relevantes socios (Familia Sitges, Dr. Verdejo...) supuestamente afectados por una «morcilla» de mínima irreverente letra («Amaos los unos sobre los otros»). «¡Blasfemos!» y otras lindezas gritaron al ingenuo Moncho Alpuente y los suyos desconocedores de dónde se encontraban.
Ignoro cuál era por entonces la ideología del cómico, pero lo cierto y verdad es que Esteso no se cortó un pelo para contar («es broma» repetía cauteloso) que un ministro había negado reivindicaciones de actores y de otros varios colectivos proletarios pero aceptaba la petición de mejoras radicales de un poncio local para lograr lujoso confort de las prisiones, por la perentoria razón de que ni en el teatro ni en las fábricas estaba dispuesto a invertir ni un duro pero las cárceles era deseable contasen con toda clase de lujos ya que al término de su mandato el ministro sería sentenciado a vivir en prisión. Repito: ¡1974!
A mí me pareció que el carnicerito de Málaga, como se conocía a Arias, tendría que sentirse aludido. Él personalmente no escuchó la broma pero sí la oyeron bien tomando notas los mandos policiales que le escoltaban, incluso los coroneles, o tenientes coroneles, de la Guardia Civil que de paisano se habían desplazado de Oviedo y Gijón con el ánimo, supongo, de cumplimentar al Presidente de Gobierno que quince meses después emitiría la famosa llantina televisiva anunciando la muerte del inquilino de El Pardo. Además, la Casa Cuartel de la Benemérita está en la misma plaza de Salinas, espalda al Náutico.
Doy fe de un Club decadente en época de absoluta intolerancia sociopolítica.
En definitiva, no encaja, dije, tras el fondo obituario de hogaño, ese pliegue oblicuo de mi memoria; anécdota, en cualquier caso, de un encopetado Club, visitado como jamás por policías gubernamentales al servicio directo del carnicerito de Málaga.
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