Opinión

Redactor de Economía.
Las advertencias de Gandalf
Si España fuera la Tierra Media, Asturias sería un poco como la Comarca

Gandalf, interpretado por Ian McKellen en las adaptaciones de Peter Jackson.
Uno de los protagonistas de las películas de "El señor de los anillos", que adaptan la saga literaria de J. R. R. Tolkien, es Gandalf el Gris, un poderoso mago que siempre está enredando para que los personajes buenos se quiten de encima la pereza y se involucren en la lucha contra el Mal.
Para mantener a los villanos a raya, Gandalf promueve expediciones, forja alianzas, azuza a los indecisos a comprometerse, lleva mensajes de aquí para allá, empuja a reyes y guerreros a tomar las armas para proteger a los débiles... El mago no para quieto: entra y sale de escena como el presentador de una gala de Nochevieja; solo le falta el pinganillo en la oreja, bajo el sombrero.
Gandalf no es cenizo, pero sí sagaz y clarividente, y cree que el Mal conspira sin descanso entre las sombras para acabar con la civilización. Con frecuencia comunica a los demás sus sospechas y temores: que viene el lobo, que de verdad viene el lobo, que no os enteráis…
Esa hiperactividad a veces no gusta a los otros personajes que velan por la armonía de la Tierra Media. Esto se refleja muy bien en una escena de "El Hobbit: un viaje inesperado" (la primera película de la trilogía de precuelas que también dirigió Peter Jackson), en la que el señor elfo Elrond y otro poderoso hechicero, Saruman, le echan en cara que sus advertencias no están justificadas, que exagera, que el mundo vive en paz, que siempre está metiendo a la gente en líos y aventuras inútiles. Gandalf les responde que de eso, nanay, que los trolls han bajado de las montañas, que los orcos expanden sus dominios, que hay un espíritu oscuro moviendo los hilos, que cualquier día tenemos un susto gordo.
Si España fuera la Tierra Media, podríamos decir que Asturias es un poco como la Comarca, la tierra verde, bella y pacífica que habitan los bonachones "hobbits" como Bilbo y Frodo Bolsón. Un lugar al que aún no han llegado, o lo han hecho en pequeña cantidad, problemas serios de convivencia que ya afectan a otras regiones del país. Podríamos incluso ir más allá y afirmar que, dentro de ese bucólico paisaje, Oviedo es un lugar especialmente tranquilo, con pocos episodios de inseguridad ciudadana, como indican los recientes informes de criminalidad local. Hay delitos, como en cualquier núcleo urbano, pero no de la misma índole que los que suceden en, pongamos, ciudades como Bilbao o Barcelona.
Si Gandalf se viniera a pasar unos días a Oviedo, seguramente se quedaría tranquilo. Aunque a un espíritu tan despierto como el suyo no le pasarían inadvertidos ciertos sucesos, ciertas reyertas, ciertos apuñalamientos nocturnos. Por eso recomendaría no bajar la guardia y, al mismo tiempo, seguir recibiendo a todo aquel que sí se integra de forma pacífica.
En cualquier caso, aunque Gandalf hiciese algo tan sensato y prudente, más de uno le llamaría alarmista, facha u "orcófobo".
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