Opinión
Un cura con amabilidad pastoral
Tras el fallecimiento de Jorge Fernández Cortés
Con discreción y sencillez, sin hacer ruido, se nos fue Jorge el de Santa Cruz de Mieres, dejando un halo de simpatía y cordialidad, por su carácter abierto, jovial y con esa mica de gracejo que sonriendo él solía poner en la conversación.

Un cura con amabilidad pastoral
Hacía años que el corazón le daba problemas a Jorge Fernández Cortés, hasta tener que pasar por el quirófano. No hace muchos días, un amigo cardiólogo me dijo que el corazón solía ser muy agradecido con la medicina actual que ha dado tantos progresos en esa especialidad. Jorge había superado varios momentos críticos. Esta vez no ha sido posible, a pesar de todos los cuidados. Sin duda que son muchos los que sienten su muerte por su amabilidad y cordialidad en el trato. A lo mejor tuvo algo que ver la fecha de su nacimiento. Vino a este mundo como regalo de Navidad, el 24 de diciembre de 1947. Hizo sus estudios en el Seminario de Oviedo, cumpliendo fielmente los reglamentos y ordenanzas propias de aquellos años, perteneciendo a un curso de personalidades distintas, pero marcado por la vocación misionera que él seguiría también. Recibió la ordenación sacerdotal el 10 de junio de 1973 en el Santuario de Covadonga con otros seis compañeros, celebrando D. Elías Yanes, entonces obispo auxiliar de este diócesis.
Su recorrido pastoral de 53 años de vida sacerdotal fue amplio y variado, comenzando en Sariego, cuando Manuel Feria era vicario territorial, con el que hizo grandes migas. Siguieron después, Tellego, Tuiza y Jomezana en la ladera de Las Ubiñas, pasando después a San Miguel de Pumarín de Gijón. En 1977 tuvo la oportunidad de ir como capellán de emigrantes a París y durante tres años ampliar estudios en el Instituto Católico. A su vuelta le designan coadjutor de San Pablo de la Argañosa en Oviedo. Cuatro después es párroco de San Juan de la Arena y Ranón. Como otros condiscípulos que fueron misioneros en Guatemala, él llevaba el gusanillo dentro y a la llamada de misioneros para Ecuador, donde la diócesis inauguraba una nueva misión en la región amazónica de Coca-Napo-Sachas. Jorge, con 45 años, se mostró voluntario y en enero de 1993, estrenaba su aventura juntamente con Paco Chicharro y Carlos. Él se hizo cargo de los poblados indígenas de San Pedro y El Eno con la colaboración de un grupo de religiosas capuchinas. Fueron cuatro años en los que contó con la estima y amistad del obispo misionero navarro fray Estaban. Allí le visitamos D. Gabino y yo y celebramos la festividad de la Virgen del Cisne, imagen encontrada por los indígenas en el río ya en el siglo XVI. ¡Cuántos nombre el pueblo ha dado a María! Siempre disponible, ante la necesidad de la misión africana de Bembereké, en Benín, se ofrece y en 1997 cambia su puesto misionero acompañando a Pedro Tardón. En su primera venida de vacaciones, en el chequeo médico, le descubren la necesidad de un bypass. Su corazón necesita cuidados. Eso trunca su posibilidad de volver. Volverá en períodos cortos de uno o dos meses para suplir o facilitar la estancia por prácticas misioneras de los diáconos. Su vocación es más fuerte que la deficiencia de su salud.
Al quedar ya en Asturias, se le nombra párroco de la histórica San Pedro de los Arcos, en Oviedo. Es su estancia pastoral más larga, veinte años. Al iniciarse las Unidades Pastorales se le añade la limítrofe de La Merced creando su nuevo Consejo pastoral. Disfruto él y sus feligreses, porque Jorge sabía dar juego a las personas y comprometerlas en la evangelización. Le resultó traumático finalizar esta encomienda, pasando a colaborar a la parroquia de San Juan de Mieres en la que ha estado los últimos cinco años, donde hoy será despedido y llorado por muchas personas, porque deja muchos amigos.
De Jorge se pueden destacar y admirar, la buena sintonía que tuvo con todos los sacerdotes mayores con los que trabajó: Manuel Feria, José Loredo de Pumarín de Gijón, José Antonio el de Bello, D. David el de La Arena…, la empatía y simpatía con que trató a sus feligreses, la vocación misionera con la que se comprometió, la capacidad se superar las adversidades y contrariedades con las que se encontró, la fortaleza ante su frágil corazón y la fe y esperanza con las que afrontó su momento final. Jorge entra sonriendo en el gozo del Señor. n
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