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Plácido García

El volcán que se apagó por falta de aire

Una mirada técnica al fracaso del horno alto de Trubia

La recreación de la primera colada del horno alto, celebrado en Trubia en octubre de 2023.

La recreación de la primera colada del horno alto, celebrado en Trubia en octubre de 2023. / David Cabo

En 2022, muchos aficionados a la Historia Industrial de Asturias recibieron con orgullo la publicación del libro de Roberto Suárez sobre las Reales Fábricas de Trubia y de Oviedo. Ver 407 páginas dedicadas a su historia seguro que fue un motivo de satisfacción. Parecía que, por fin, se ponía negro sobre blanco la importancia de aquel sueño industrial que cambió para siempre la faz del valle del río Trubia.

El libro es, sin duda, una mina de documentos. Pero echo en falta una explicación de por qué fracasó el arranque de la Fábrica de Trubia.

Y no hablo de teorías económicas o de conflictos de intendencia. Hablo de algo mucho más simple, más físico, más trubieco: el agua del río.

EL SUEÑO DEL VOLCÁN: UNA REVOLUCIÓN PARA ESPAÑA. Corría el año 1797. En Inglaterra, la Revolución Industrial llevaba décadas rugiendo. En España, un grupo de ilustrados liderados por Jovellanos soñaba con traer ese progreso a Asturias. El proyecto era ambicioso: construir un horno alto de última generación, al que llamaron «El Volcán», capaz de fundir hierro usando carbón mineral (cok) en lugar del tradicional carbón vegetal.

Era la apuesta por el futuro. Y eligieron Trubia. ¿Por qué? Por dos razones: el carbón de Langreo y, sobre todo, por la fuerza del agua del río. En julio de aquel año, con gran expectación, se encendió el horno. Jovellanos, testigo de excepción, anotaba ilusionado cada detalle en su diario. Pero la ilusión duró poco.

EL PROBLEMA QUE NADIE CUENTA: LAS TROMPAS DE AGUA. El Volcán no ardía como debía. La temperatura no alcanzaba el nivel necesario. El hierro no fluía. ¿Qué fallaba? Para los técnicos de la época, la respuesta era clara: el horno no recibía suficiente aire. Para que un horno alto funcione, no vale con echarle carbón y mineral. Hay que insuflarle un chorro continuo y potente de aire (el «viento») que avive la combustión del cok hasta el punto de fundir el mineral.

Hoy, eso se hace con potentes turbinas de gas. Entonces, se hizo con un ingenio hidráulico llamado «trompa de agua». Funcionaba así: el agua del río caía por un tubo vertical, arrastraba aire y lo comprimía, inyectándolo en el horno. Era un sistema ingenioso cuyo invento se remonta a la Edad Media, pero tenía un límite: su potencia dependía directamente de la cantidad de agua y del desnivel disponible.

Y aquí está el meollo de la cuestión, algo que cualquier trubieco que haya visto el río en verano puede entender: el caudal del Trubia no era suficiente, o no había suficiente desnivel, para darle al Volcán el aire que necesitaba. El horno se asfixiaba. Literalmente, le faltaba el aliento.

Jovellanos, con su mirada aguda, lo intuyó. En su diario de aquellas fechas memorables, apuntó el problema. Lo dejó escrito para la historia. Pero su advertencia se perdió en los informes oficiales, en las discusiones sobre presupuestos y en los conflictos entre los responsables.

EL CORAZÓN TÉCNICO DEL PROBLEMA. En libro de Roberto Suárez se habla de todo: de las rivalidades entre marinos y artilleros, de la gestión, de los intendentes, de los problemas de abastecimiento, de las guerras, de los presupuestos. Pero no se habla del corazón técnico del problema. El Volcán fracasó, ante todo, por un problema de ingeniería hidráulica. Faltaba potencia de soplado. Y esa potencia venía del río.

El libro de Suárez es una obra de referencia para buscar fechas y nombres pero ignora la explicación de por qué Trubia fue un sueño incompleto durante décadas porque no trata el factor más determinante: las diferentes tecnologías empleadas.

UNA visión DESDE EL VALLE. Los aficionados a la Historia Industrial asturiana sabemos que Trubia es nuestra seña de identidad, nuestra espina dorsal y además un icono de la Revolución Industrial española. Y los que entienden de molinos, de canales, de la fuerza del agua, saben que no es lo mismo un caudal generoso en invierno que un estiaje en agosto.

Los ingenieros del siglo XVIII también lo sabían. Pero entre los papeles de la corte, entre los despachos de los ministros ilustrados, quizá se minusvaloró la dificultad técnica. O quizá, simplemente, se impuso la voluntad política a la realidad física.

CONCLUSIÓN: UNA DEUDA CON LA MEMORIA TÉCNICA. Escribo esto para reclamar una mirada más completa a la Historia Industrial. No basta con contar quién mandaba y cuánto dinero se gastó. Hay que contar cómo funcionaban las máquinas, por qué se rompían, por qué no rendían.

La historia de la industria a finales del siglo XVIII no es solo historia de generales y ministros. Es, sobre todo, historia de la tecnología, de ingenieros, de obreros, de ríos, de carbón, de aire y de fuego. Es la historia de cómo el ser humano doma la naturaleza... o fracasa en el intento.

Analizar el fracaso del Volcán es complejo, pero no se explica solo con economía y geopolítica, sino con algo más hondo: entendiendo que la tecnología es la médula de la historia. Y eso es algo que ninguna historia de la Fábrica de Trubia debería olvidar.

Cabe recordar aquí que en 1776 Watt y Wilkinson habían inventado una soplante para horno alto de cilindros accionados por una máquina de vapor, que hubiera evitado el fracaso de la trompa de agua, pero explicar por qué no se usó en Trubia hasta 1848 daría para otro artículo.

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