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Oviedo 2031: crónica de un viaje al futuro

Ante la hipotética distinción europea

Le propongo al lector un pacto: imaginemos, a modo de crónica, que regresamos desde 2031. En ese futuro, Oviedo fue Capital Europea de la Cultura. No fue casualidad: hubo un equipo de gobierno que sostuvo el rumbo y una ciudad entera empujando –instituciones, empresas y vecindad–. La enseñanza fue sencilla: la cultura no funciona sola; funciona cuando ordena la ciudad y conecta a quienes la habitan.

Esta es la escena del regreso: bajamos del tren y la ciudad parece la misma. No lo es. Ahora sabemos cuánto pesó cada sí y cada no. Hacemos el itinerario inevitable –Catedral, Casco Histórico, Naranco, Camino, prerrománico, Campo de San Francisco, Fontán– y, al llegar a los ensanches, aparece la prueba: lo que hoy aún se discute, allí ya estaba funcionando.

No era un detalle menor: el arte contemporáneo ganaba espacio y conversación, y las músicas dejaban de ser un lujo en el calendario para convertirse en hábito de ciudad.

Europa identifica Oviedo por lo que brilla, y con razón: su patrimonio histórico y monumental. Pero el éxito no se sostuvo en la postal. Se apoyó en lo que casi nunca se aplaude: instituciones que cooperan, una base universitaria que empuja, una ciudad renaturalizada y caminable, y una política capaz de ordenar recursos dispersos en una dirección compartida. A partir de ahí llegó la pregunta inevitable: ¿Capital para qué? La pregunta real no era si Oviedo podía ser capital cultural, sino para qué quería serlo.

Cuando nos preguntaron qué significa ser capital en el siglo XXI, la respuesta fue incómoda: no basta con serlo sobre el papel. Asturias ya se mueve como una red diaria de trabajo, estudio, servicios y cultura: AsturMetrópoli. Dicho de otro modo, Asturias ya funciona como una sola ciudad, aunque todavía se gobierne como muchas. El título convirtió esa evidencia en obligación: liderar conectando o quedarse en el gesto.

El problema es que todavía gestionamos con mapas pensados para otra época. El concejo fue un buen instrumento cuando la urbanización era contenida. Hoy la ciudad se derrama y los flujos atraviesan límites sin pedir permiso. La vida diaria va más rápido que los mapas administrativos. Si planificamos como si el mapa mandara, lo pagaremos en vivienda y movilidad. Y también en cultura, porque quien no puede llegar, no participa.

Por eso celebramos, claro. Pero lo decisivo llegó después del aplauso: el trabajo de gestión. Oviedo decidió usar su fuerza –instituciones, servicios, capacidad de atracción– para equilibrar y conectar, no para acumular. Y el método se notó en lo concreto: proyectos bloqueados durante años empezaron, por fin, a avanzar; se cumplieron calendarios; y la cultura dejó de ser evento para convertirse en hábito.

La candidatura se volvió creíble cuando dejó de hablarle solo al Oviedo monumental y empezó a hablarle al Oviedo entero: ensanches, Teatinos, La Corredoria, Pumarín; núcleos periféricos y ámbitos rurales, donde ciudad y campo ya no son mundos separados. Si no servía para todos esos «Oviedos», no servía.

Con todo, queda lo menos vistoso: las barreras físicas –rondas, cortes, bordes– que separan y encarecen. Si el proyecto cultural quería ser de todos, tenía que enfrentarse a esas fracturas urbanas.

Esa discusión no es solo urbana; es regional. Oviedo es capital de facto del Principado. Su influencia no es homogénea –ni debería serlo–, pero su cultura de ciudad irradia. El título solo tuvo sentido cuando se asumió un compromiso claro: cultura para coser el territorio y abrir el acceso, no para levantar un escaparate.

Si hablamos en serio de cultura, hay que hablar de derechos urbanos: educación, cuidados, vivienda. Sin una red de centralidades que reduzca la segregación, el relato se queda corto. La política, cuando funciona, es menos épica y más gestión: priorizar, decidir y cumplir. En 2031 funcionó lo que suele fallar: acuerdos entre Ayuntamiento, Principado y Estado; plazos realistas y agilidad administrativa.

Esa es la teoría; luego vienen los lugares y los plazos. Los activos no son «lugares»: son palancas. Y los proyectos que parecían eternos se movieron: La Vega, en diálogo abierto con San Julián de los Prados, como distrito de innovación y cultura; el Calatrava, como motor universitario y empresarial; el Palacio de la Música, con sonido propio; la vieja plaza de toros, como centro internacional de actividades musicales, deportivas y culturales. Condición mínima: plazos claros y una gestión que no confunda anuncio con ejecución. La diferencia no la marcó el anuncio, sino el cumplimiento.

En el fondo, si hay una fórmula que lo resume, es vieja y muy práctica: alinear «polis, urbs y cívitas». Política que decide; ciudad que se entiende; ciudadanía que participa. Decidir bien, diseñar bien y participar mejor: esa fue la clave. Cuando eso encaja, la cultura deja de ser un capítulo y pasa a ser el sistema.

El patrimonio solo cuenta cuando se vuelve experiencia compartida y contemporánea; cuando le habla a quien llega y a quien se queda. Por eso importan también las artes: la creación, las exposiciones, los escenarios. Y la cultura necesita ciudad: mezcla, proximidad, instituciones que cooperan y públicos que se cruzan. Dicho en urbanismo: economía de aglomeración, cuando la cercanía multiplica lo que ya existe. Ciudad como maquinaria económica y artefacto cultural (como dice el urbanista Tachi).

Todo eso se cae sin un requisito básico: la accesibilidad. Bohigas pedía «monumentalizar la periferia y hacer accesible el centro». En Oviedo significa que nadie quede fuera del mapa cultural por cómo se mueve o por dónde vive: del paseo del Campo de San Francisco al Casco Histórico, y de ahí a los barrios.

Así que sí, celebramos. Pero la celebración, si quiere ser adulta, trae una responsabilidad: que 2031 no sea un recuerdo brillante, sino una costumbre pública. Se logró con cohesión, accesibilidad y espacio público; con una gobernanza capaz de pactar y ejecutar; y con un mérito colectivo que conviene decir en voz alta. Hubo un equipo de gobierno que sostuvo el rumbo cuando era más fácil desviarlo, y una ciudad entera –instituciones, sector cultural, empresas, asociaciones y vecindad– empujando a la vez. Por eso, a lo único que no podemos volver es a la inercia. Oviedo no ganó un título: aprendió una forma de hacer ciudad. Ahora el reto es no desaprenderla.

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