Opinión

Redactora de la sección de Oviedo de LA NUEVA ESPAÑA
Hasta siempre, Tuina
Para mí, no era la doctora Fernández, ni Eloína, ni Loi. Para mí, era Tuina. Cosas de niñas pequeñas y su lengua de trapo. Tía más Eloína, Tuina. Así de fácil. Tuina se desvivió por todos. En especial, por Antonio, Marco y Aída. También por sus nietos: José (igual que su bisabuelo), Álvaro, Julia y Lucio. Siempre preocupada cada vez que venían. Esos viajes a Figueras ya en mayo o junio para que todo estuviese a punto para las vacaciones de verano o que en la casa de Marqués de Santa Cruz (con vistas al Naranco) hubiera los mejores turrones y el champán francés para celebrar la Navidad.
El jueves sonó el teléfono muy pronto. Nunca llaman antes de las ocho de la mañana, a no ser que sea tu hermano Nisio o Ana, su mujer. Era él, mi padre, con la noticia que temíamos hace tiempo. «Una Molina menos», dijo cuando supo de tu fallecimiento. En las últimas semanas no te soltó la mano y te hizo repasar la lista de parientes. Uno a uno te iba recordando todos los familiares. Nisio siente auténtica adoración por ti. Eras la única niña de los tres hermanos y os criasteis en casa Molín de Cibuyo. En el pequeño confiabas para todo. Era recíproco. Una llamada y él no dudaba en venir desde Cangas. En los últimos años te llevaba a Montecerrao a ver a Antonio. En el trayecto, sonaba el disco de María Dolores Pradera. Ya sabías dar al botón del reproductor del coche y subíais cantando. Toda una vida, decía ella. Toda una vida, Tuina, con tu hermano Nisio.
Si hay algo que os pirra a los Fernández Rodríguez es el potaje de berzas. Un sabor que pudiste disfrutar hasta casi los últimos días. Bien lo sabía Nisio, que cuando venía a Oviedo iba de tienda en tienda a por los ingredientes. Que si las berzas, que si el compango... y la hogaza no faltaba.
Mis recuerdos contigo son desde muy pequeña. Veníamos a consultas médicas al antiguo HUCA y siempre íbamos a verte. Me alucinaba cómo dictabas la historia clínica de los pacientes en una grabadora de cinta. Hoy, soy yo quien usa la grabadora, que ha evolucionado con el tiempo. Ahora, es una aplicación más del teléfono. También aprendí de lo que yo llamaba con ironía el poder de un beso. Daba igual que estuvieras enfadada con Antonio o que estuvieras agotada, ibas hasta Montecerrao a darle un beso y despedirte hasta el día siguiente. Hasta siempre, Tuina.
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