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Sobriedad francesa

Yago Mahúgo convence con un monográfico de François Couperin en el segundo recital de la "Primavera Barroca" ovetense

La "Primavera –ahora así– Barroca" vivió el jueves una velada notable gracias al talento interpretativo de Yago Mahúgo compartiendo protagonismo con François Couperin, clavecinista francés al que estaba dedicado el programa en un monográfico lleno de interés que, a juzgar por los aplausos al término de la cita, gustó al entendido público ovetense.

Sobriedad francesa

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Se están asentando en la programación de la capital del Principado los recitales para clave, pues en las últimas ediciones ya nos encontramos "Las suites francesas de Bach" a cargo de Ignacio Prego o, el año pasado, las "Variaciones Goldberg", también de Johann Sebastian Bach, en manos de Diego Ares. Un merecido reconocimiento a uno de los instrumentos más importantes y característicos del periodo barroco.

En esta ocasión, llegaba a Oviedo el madrileño Yago Mahúgo para ofrecer parte de su ambicioso proyecto, ya que el artista está inmerso en la grabación de la integral de clave de Couperin, lo que ha supuesto aproximarse a sus tratados y a las particularidades de los teclistas franceses del momento –como su sistema ornamental– con la finalidad de legar una grabación y unas interpretaciones lo más rigurosas posibles.

Lo primero que sorprendió del recital fue su clave, una copia de un Taskin de 1769 hecha por Keith Hill en 2009, profusamente ornamentado y de bella factura organológica que cobró todavía más vistosidad ante la tenue iluminación de la sala. Siguiendo esta línea, la ejecución de Mahúgo de una selección de obras de "Pièces de clavecín" (libros primero y segundo) y de "L’art de toucher le clavecín" rebosó intensidad y elegancia. La sobriedad y el contraste entre "L’Auguste. Allemande" y "La Bourbonnoise. Gavotte" fueron ciertamente expresivas, al igual que la nostalgia que logró extraer de "La Favorite. Chaconne à deux tems" que cerraba la primera mitad, delineando con habilidad cada melodía y balanceando los temas con delicadeza.

No obstante, al margen de su cuidada pulsación, sobresalió la musicalidad que fue capaz de aportar a cada una de las piezas, extrayendo todo el lirismo posible de las melodías escritas por Couperin y manejando con mucha inteligencia el volumen y los registros del clave, generando una expresividad excepcional. Lástima algunas toses y ruidos inoportunos que, en una atmósfera tan íntima y recogida como en los conciertos de la sala de cámara, se amplifican y resultan especialmente molestos.

En la segunda mitad, Mahúgo exhibió un exquisito manejo de la textura, equilibrando cada una de las diferentes voces con gran maestría, como en los "Préludes V y VII", luciendo un color muy sugerente del clave, con algunos finales algo secos, pero con una gama de matices sonoros extraordinarios. Ni la velocidad de algunas piezas (como "Les baricades mistérieuses. Rondeau") inquietaron al artista madrileño que, desde la más absoluta sobriedad, fue capaz de culminar un programa muy interesante y demostrar las riquezas que alberga la vasta producción de François Couperin.

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