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Delirio barroco

Serena Sáenz y "Vespres d’Arnadí" culminan un concierto extraordinario

La Primavera Barroca vivió el pasado martes una de las jornadas más esperadas de la temporada gracias al talento del ensemble Vespres d’Arnadí y de la soprano Serena Sáenz, quienes brindaron un programa muy intenso y atractivo, con arias de los grandes maestros del periodo barroco: Antonio Vivaldi, Jean-Philippe Rameau y George Friedric Haendel. Como es habitual, el público no quiso perderse esta cita -que marca el ecuador del ciclo- y las localidades se agotaron varios días antes del concierto, demostrando la fortaleza y la popularidad que ha ido cobrando la Primavera Barroca entre los melómanos del Principado.

La presentación de Vespres d’Arnadí, mediante la "Sinfonía" de "Dorilla in Tempe" (Vivaldi), dejó un gran sabor de boca en los asistentes. La orquesta barroca, bien ensamblada y precisa en cada una de las entradas, demostró una espléndida sonoridad y un equilibrio superior, manejando los diferentes tempi con destreza y habilidad para ofrecer una ejecución muy cuidada y sugerente. La misma tónica se percibió en los números de "Les indes galantes" (Rameau), donde los pupilos de Dani Espasa exhibieron una pulcra afinación y una elegancia en cada melodía de las maderas, oportunamente cinceladas por oboe y traverso, con unos fraseos perfectamente ajustados y un lirismo en el que los músicos supieron ahondar (por ejemplo, en "Air pour Borée et la Rose") para dejar momentos de gran belleza musical, demostrando su versatilidad en fragmentos de mayor peso y dramatismo, pero manteniendo siempre una fluidez muy galante, como se pudo apreciar en "Air pour les sauvages". También el "Concerto grosso en Sol mayor" op. 6 número 1 de Haendel gozó de una extraordinaria ejecución por parte del conjunto barroco, con los contrapuntos bien balanceados en poco más de una docena de músicos que se movían como uno solo.

Sin embargo, en una ciudad de marcada impronta lírica como Oviedo, los focos estaban puestos sobre Serena Sáenz, soprano barcelonesa que atesora ya varios galardones de cierta envergadura y la sitúan como una de las artistas líricas más prometedoras del momento. Su debut en la sala de cámara del Auditorio fue de menos a más, gracias a un repertorio seleccionado de forma inteligente que le permitió lucir todas sus virtudes canoras. El aria "Sposa, son disprezzata" dejó una voz dulce y bien timbrada, con una proyección solvente evidenciada en algunos compases de la parte B del número. La dificultad se incrementó en "Alma oppressa", el aria de Licori de "La fida ninfa" (también de Vivaldi) donde destapó facilidad para las coloraturas, con un volumen adecuado y una musicalidad desbordante. En las arias de Rameau que culminaban la primera parte ("Rossignols amoureux" y "Aux langueurs d’Apollon") se mostró completamente dominadora en lo vocal y en lo escénico: la austera y sencilla belleza del canto en la primera de las arias contrastó a las mil maravillas con la teatralidad y el histrionismo que marcaron su interpretación del papel dedicado al personaje de la Locura, muy bien caracterizado.

En la segunda parte, con nuevo atuendo para enfrentar las arias haendelianas, Sáenz evidenció un poderoso fiato que le permitió desarrollar las frases con gran coherencia y ceñirse a las indicaciones de Espasa para caer junto a los músicos de Vespres d’Arnadí, desplegando una etérea voz en el expresivo "Lascia la spina", reservando para el "Tornami a vagheggiar" los mayores artificios, saltos interválicos y unas agilidades perfectamente articuladas. Este hecho fue más notable en el aria "Agitata da due venti" (Vivaldi), un ejercicio de pirotecnia vocal del que la soprano salió airosa y que, junto al célebre "Piangerò la sorte mia" (Haendel), donde optó por una voz algo más oscurecida y corpórea, regaló a modo de propina a un público rendido por completo al delirio barroco.

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