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Yago González

Yago González

Redactor de Economía.

Los nuevos indianos

La versión moderna de la emigración asturiana

Dos empleadas en la fábrica de velas de Productos Aramo, en México.

Dos empleadas en la fábrica de velas de Productos Aramo, en México. / Y.G.

Su despertador suena a las 6 de la mañana en su apartamento de la Colonia Roma Sur. Tras ducharse y vestirse, desayuna a toda mecha (si es que desayuna) en el salón, mientras sus dos gatas, «Chefi» y «Viña», serpentean entre sus pies o incluso se encaraman a sus hombros. A pocos metros, en un lateral de la estantería, le da los buenos días el escudo del Real Oviedo, el equipo de su ciudad.

Baja al garaje, arranca el coche y al cabo de un minuto ya está enfrascado en el desquiciante tráfico de Ciudad de México. Le separan 20 kilómetros de su lugar de trabajo, una distancia que en cualquier lugar de España se resolvería como mucho en media hora, pero los fenomenales embotellamientos de la autopista México-Puebla pueden alargar hasta una hora el trayecto. En la radio le acompañan los ácidos comentarios de Jiménez Losantos sobre la actualidad española. Lo escucha unas horas después, a través del móvil.

Atraviesa los arrabales del Estado de México y los polígonos industriales, rodeados de puestos de tacos y pollo para los currantes de la zona, hasta llegar a su destino: la sede de Productos Aramo, una fábrica de velas fundada por el asturiano Juan Carlos Álvarez Llavona («el Patrón»), que décadas atrás emigró con su hermano desde San Claudio al país norteamericano. Ambos empezaron en unos abarrotes (tiendas de barrio con productos de consumo diario), hasta que vieron que la enorme devoción religiosa del pueblo, donde las velas y los cirios son un bien básico, podía ser una oportunidad de negocio.

Tras aparcar su coche en torno a las 7 de la mañana, el ovetense se desplaza a una de las naves de la compañía, la más nueva y la que está a su cargo: en ella no hay tanques de parafina ni grandes planchas donde se hacen los moldes de las velas, sino cajas y cajas de aceite de oliva y cubos donde se elabora sangría. Es la división de productos alimenticios, Vilaflor, por la que la compañía está haciendo una gran apuesta. Allí, el asturiano, químico de formación, coordina a los operarios, repasa inventarios y planifica provisiones y envíos.

Lleva allí cinco años. Llegó de la mano de otro amigo ovetense, ingeniero, que también hubo de curtirse en la fábrica. Este llegó a vivir durante varios años en un pequeño apartamento dentro de una de las naves. Ahora ambos forman parte del equipo directivo de Productos Aramo. No les va mal.

A las 17.00 horas termina la jornada laboral, aunque el químico no puede marcharse de la fábrica hasta que se haya ido todo el mundo. Se sube a su coche y emprende el viaje de vuelta a Ciudad de México. Se anima con música local (rancheras, Luis Miguel…) y artistas de casa como Melendi. En algunos puntos de la ruta, sube las ventanillas y pone el seguro. No hace mucho que un hombre armado con una pistola asaltó un coche dos más atrás del suyo. Por fortuna, a él todavía no le ha sucedido nada. Llega a su casa sobre las 18.00 horas. Allí le reciben «Chefi», «Viña» y el escudo del Oviedo.

Esta es su rutina de lunes a sábado. Solo el domingo descansa. Su vida emula la de aquellos asturianos que hace un siglo cruzaron el Atlántico en barco. Y la aventura está cosechando sus frutos, a pesar de las carencias de un país donde durante demasiados años mandaron los mismos, algo que siempre acaba sembrando pobreza y corrupción. Por eso sueña con Asturias. Sueña con volver junto a su madre, sus hermanas, sus amigos. Sueña que quizá, dentro de no mucho, en su tierra natal haya más prosperidad, más oportunidades. Sueña con que haya un cambio.

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