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La Escuela de Minas, de centro educativo de excelencia a espacio administrativo

La transformación de un referente histórico en un bloque de despachos

En estos días, el Rector de la Universidad de Oviedo ha anunciado con notable énfasis la inauguración de un nuevo espacio administrativo —¿«despachario», quizá «oficinario»?— en el edificio que durante décadas albergó la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas de Oviedo. La actuación llega tras una inversión significativa en un centro emblemático que acogió, durante más de 60 años, una titulación de prestigio internacional: Ingeniero Superior de Minas. Sus estudios, su producción científico-técnica y, especialmente, sus egresados contribuyeron de manera decisiva al reconocimiento de la ingeniería española y al desarrollo industrial del país.

Precisamente por ello, resulta difícil no mostrar sorpresa —cuando no preocupación— ante el destino finalmente otorgado al edificio. Tras la extinción de la Escuela, consumada mediante el traslado de sus planes de estudio a Barredo durante el actual mandato rectoral, y con el beneplácito del Principado, el oneroso esfuerzo dedicado a la retirada del amianto y a la rehabilitación del inmueble ha desembocado en un cambio de uso difícilmente justificable: se pierde un centro de excelencia para crear un espacio esencialmente administrativo.

El edificio de Minas no fue concebido como un espacio de despachos, sino como un entorno académico de primer nivel, dotado de aulas y laboratorios de gran calidad, propios de una facultad. Su transformación en un conjunto de oficinas, con buenas comunicaciones, aparcamiento y cercanía a zonas comerciales y de ocio, parece responder más a criterios de ¿«conveniencia»? administrativa que a una auténtica visión universitaria. Mientras tanto, los estudiantes de carreras científicas (como Físicas, que precisa laboratorios como hay en Minas Oviedo) deberán adaptarse a soluciones menos favorables.

Este cambio de orientación invita, cuando menos, a cuestionar los criterios que lo han guiado. Más aún si se considera la reiterada oposición del Rector a la implantación de universidades privadas, planteada en términos que parecen responder más a la voluntad de preservar el statu quo que a una estrategia definida de fortalecimiento de la universidad pública. En este contexto, cabría esperar que la prioridad fuese optimizar la gestión de los cerca de 250 millones de euros que recibe la institución del Principado, orientándolos a reforzar una oferta académica sólida, atractiva y competitiva.

Una gestión rigurosa permitiría, entre otras cuestiones, evitar decisiones discutibles y consolidar titulaciones capaces de atraer talento tanto dentro como fuera de Asturias. No está de más recordar que la pervivencia de ámbitos como las ciencias de la salud o el Derecho se ha apoyado, en gran medida, en la solidez de sus respectivos colectivos profesionales, y no exclusivamente en la acción del actual equipo de gobierno.

Habrá ocasión de analizar en otro momento las decisiones —de diverso origen— que condujeron a la desaparición de los estudios de Ingeniero Superior de Minas que se impartían en Oviedo. Su marca y su esencia, difícilmente transferibles, se extinguieron con el propio centro.

Hoy, sin embargo, corresponde dejar constancia de una discrepancia clara ante lo que se percibe como un destino desacertado para un edificio cargado de historia académica y significado para la Universidad de Oviedo. La retirada de los símbolos de la Escuela de Minas para su traslado a Barredo constituye, además, un gesto innecesario que refuerza la sensación de desmantelamiento de una institución histórica. Como enseña la historia, trasladar los símbolos no equivale a trasladar el legado.

José Pedro Sancho Martínez es Doctor Ingeniero de Minas

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