Opinión | In memoriam
La huella indeleble del Dr. Álvarez de Linera
El impacto del cirujano cardio-torácico recién fallecido en dos discípulos de alto nivel
Carlos Hernández-Lahoz fue jefe del servicio de Neurología del Hospital General de Asturias
Feliciano Álvarez de Linera, pionero de la cirugía de corazón y pulmón en Asturias, falleció el pasado día 8. Se había incorporado al Hospital General de Asturias en los años 60 del siglo pasado y fue jefe de servicio desde 1975 hasta su jubilación.
Los doctores Fernando Ibarra y Andrés Gutiérrez, asturianos formados en el Hospital General de Asturias (HGA), evocan con sentidas palabras la huella indeleble que el doctor Linera dejó en ellos, a propósito de su reciente fallecimiento. Ambos acompañaron en 1975 al doctor Fernando Alonso Lej para formar el primer equipo de Cirugía Cardíaca en el Hospital Miguel Servet de Zaragoza. Aquel servicio, con el esfuerzo conjunto, los trasvases de conocimiento de centros punteros y la experiencia adquirida, logró un gran desarrollo. Fernando Ibarra asumió la jefatura del servicio cuando su anterior jefe se jubiló, y junto a su inseparable compañero y amigo Andrés Gutiérrez iniciaron en la capital aragonesa el trasplante cardíaco en 2001, del que fueron destacados impulsores en España. Ninguno de los dos volvió a Oviedo, salvo por asuntos familiares o vacacionales. Pero mantuvieron intacta su asturianía y su lealtad a los lazos que aquí dejaron.

Feliciano Álvarez de Linera (Pesoz, 1936-Oviedo, 2026) / .
Reproduzco el testimonio que me envía el doctor Fernando Ibarra:
"Sabía de la edad y del proceso final de Feliciano, pero el mensaje de su hija Inés me produjo un enorme impacto. Para mí, el doctor Linera fue siempre Feliciano, aunque me resultase grato lo de Chano (creo que la idea fue de María Aurora, su esposa, a la que él adoraba). Nos conocimos en el Hospital General de Asturias (HGA), en 1966. Él había acabado la especialidad y se iba a París por un año para ampliarla. Yo la empezaba ilusionado, pero consciente de que me quedaba un largo camino por recorrer. A su regreso compartimos trabajo y más trabajo, codo con codo, hasta 1975.
"Era un médico extremadamente pulcro en todo, siempre bien vestido y con corbata, fuera de la vestimenta de cirujano. Era igual su trato con el personal de cualquier nivel. Más que hacerse respetar, se merecía el respeto y la consideración que tenía y siempre tuvo.
"Se preocupaba, con evidente carga de humanidad, por el futuro de los que estábamos en fase de aprendizaje, en un momento en que el horizonte del porvenir era incierto. Tenía interiorizado, como pocos, el ‘primum non nocere’ (lo primero es no hacer daño). La mortalidad de la cirugía cardíaca entonces era muy alta, y eso le derivó a profundizar y dedicarse más a la cirugía pulmonar, llegando en ese campo a niveles de excelencia y a crear escuela. Era un médico afable, accesible, hábil y extraordinariamente honesto y responsable en todas sus decisiones.
"Estos últimos años, desde Zaragoza, ambos jubilados, tuve el privilegio de mantener con él largas y frecuentes parrafadas por teléfono, con entrañables muestras de cariño e imborrables recuerdos hacia mí y mi esposa. Era un gran amigo de sus amigos y supo disfrutar sanamente de la vida. Su paso por el hospital queda ligado a la historia del HGA".
Dice el doctor Andrés Gutiérrez:
"Conocí a Feliciano Álvarez de Linera a mi llegada al HGA y al servicio de Cirugía Cardio-Torácica, para iniciar mi período de formación. En un momento en el que la inseguridad y el miedo a enfrentarte a la realidad eran muy difíciles de manejar, tuve la suerte de encontrar al doctor Linera transmitiéndome tranquilidad y sensación de seguridad, junto a la trasferencia de conocimientos médicos. Todo lo acompañaba de formas amables y generosas. Me quedan buenos recuerdos de aquellos primeros y lejanos años.
"Estuve cinco años conviviendo con él a diario y me enseñó mucho durante ese tiempo. A la vez, crecieron mi aprecio y admiración hacia él. Se preocupaba de que los pacientes recibieran siempre un trato amable y educado. ‘Mira –me decía–, un cirujano cardíaco, además de serlo, debe parecerlo’. Con esto quería decir: ‘Esfuérzate en ser un buen profesional, que es la forma más honesta de ejercer la Medicina y acompáñalo de buenas maneras’. A él no le costaba esfuerzo, porque la educación y su buena figura le venían de serie. Me maravillaba lo mucho que le importaban Asturias, Pesoz y la Familia (las tres con mayúscula); así como el desarrollo profesional de sus numerosos hermanos.
"Fue pionero en poner en práctica conceptos modernos de la Cirugía Pulmonar. Cambió modelos previos, como el neurotórax terapéutico y el drenaje al exterior y crónico de las lesiones pulmonares, dando paso a la toracotomía, la resección eficaz, el cierre limpio y la resolución rápida y definitiva de los problemas, buscando las mejores soluciones funcionales. Solía decir: ‘Si lo solucionas quitando un segmento, no quites un lóbulo’. Fue muy bueno en todo esto.
"Compartí con él y con Fernando Ibarra la dureza de los inicios de la cirugía cardíaca, sobre todo en el aspecto emocional, en relación con los resultados. Se necesitó mucho valor para afrontar los fracasos, pero se continuó hacia adelante. Aunque ya no lo vivimos juntos, sé que su camino no fue nada fácil.
"He guardado, tanto en el aspecto personal como en el profesional, aquellas enseñanzas. Su valor, con los años, me parece aún más importante. Las circunstancias hicieron que nuestras trayectorias se separaran. Él continuó en su sitio y yo me tuve que ir de Asturias, pero las veces que hemos coincidido, el cariño mutuo estuvo presente. Una pena su pérdida. Un abrazo a sus hijas. Le acompañé al paritorio cuando nació alguna de ellas. Mis condolencias al resto de su familia. Descansa en paz, querido amigo".
Retomo la palabra. La primera grandeza de la Medicina es la de atender, ayudar y curar a los pacientes, a través de la ciencia y el humanismo. La vulnerabilidad de la condición humana ante la enfermedad es universal e intemporal, y a los médicos se nos transmite ese código desde Hipócrates. La segunda grandeza es la de honrar a los maestros que nos han transmitido sus conocimientos y comportamientos. Los testimonios de estos dos colegas, más autorizados que los míos por compartir con él especialidad quirúrgica, representan esos aspectos de nuestra profesión.
El doctor se hacía querer. Cuando sus limitaciones le hicieron pasar el mayor tiempo en su casa, era feliz en su rincón de Oviedo o de Tapia, cuidado por sus maravillosas hijas; esperando la visita de sus queridos nietos; conversando, presencial o telefónicamente, con los viejos amigos; estando al día, a través de la táblet; o entretenido con la lectura de un libro. Era la encarnación del clásico "Beatus ille…" (feliz aquel que de negocios alejado). A quienes estuvimos cerca de él, al final de su vida, nos dio una lección de serenidad ante "la postrera sombra", sin perder la vitalidad ni anteponer límites a la existencia. Había sido "un admirable hombre de acción, con intensa vocación hospitalaria, a la vez que sobrio en la comunicación mediática", como le definió una vez el doctor Francisco Arroyo de la Fuente, exjefe de Medicina Interna del HGA y del HUCA. Pero sobre todo fue lo que quiso ser toda su vida: un gran Médico y todo un Paisano (las mayúsculas se las ponemos los demás).
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