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Memoria y silencio

Una obra que emociona y conmueve

La «Memoria de la nisal», en el Filarmónica.

La «Memoria de la nisal», en el Filarmónica. / Guillermo García

La «Memoria de la nisal» de la compañía «Adrián Conde», al igual que la ciruela o «nisu» es dulce y jugosa con un retrogusto sutilmente amargo y ácido. Es una obra que emociona y conmueve con su reivindicación de la memoria colectiva y de la intrahistoria familiar de secretos, envidias, frustraciones, renuncias y desarraigo. Ernesto Is ha sabido conjugar todos estos elementos en una historia marcada por el realismo mágico y con ciertos toques chejovianos para dar voz a los represaliados, víctimas de los vencedores de una guerra civil que marcó nuestro pasado más reciente. El mérito de la eficaz dirección de Adrián Conde y Gemma de Luis consiste en empastar con sabiduría una brillante interpretación con un espacio sonoro y una iluminación y escenografía de lo más poéticos. La composición musical de Fernando L. Blanco, muy cinematográfica, logra una atmósfera melancólica con tintes dramáticos y es el complemento perfecto para la sugerente iluminación de Félix Garma, que es capaz de hacernos transitar de las escenas más realistas al ambiente más onírico, con esa nisal tan expresionista y las fantasmagóricas apariciones de la madre muerta.

Hay algo muy contemporáneo en esta pieza, su relación con la memoria es material, no narrativa, pues trata de mostrar las huellas del pasado en el sufrimiento de las tres hermanas, brillantemente interpretadas por Cris, Bea y Paula. La gran Cris Lorenzo es capaz de dar humanidad a Elisa, esta mujer hosca, ruda y alcoholizada, que maltrata a su hermana pequeña y sueña con vender la casa para huir de ese presente claustrofóbico y de renuncias. La dulce Ana, que regresa de Rusia buscando sus raíces y reconstruir su pasado, desestabiliza el delicado equilibrio entre sus dos hermanas y es encarnada por Bea Canteli, con un aire a lo «Doctor Zhivago» y un aterciopelado acento eslavo que nos embruja. La pequeña Coral, a la que da vida Paula Mata con toda su ternura e inocencia, es como un animalillo asustado y la única que puede comunicarse con la madre muerta, Gemma de Luis, que compagina este papel con la dirección. La nisal ya seca que sigue dando frutos es casi un personaje más y la guardiana del secreto de la familia que no conoceremos hasta el final. La obra tiene momentos de una gran belleza plástica, como el monólogo de Ana con las hojas cayendo, o el de Coral ya fantasma, liberando a sus hermanas del horror de los recuerdos a través del conocimiento de la verdad, por dolorosa que sea. Pero es la intensidad emocional que emanan unas actrices en estado de gracia, la que conquista a un público que aplaudió emocionado tras conocer el secreto de la nisal.

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