Opinión
Una noche larga y fecunda
La OSPA demuestra todo su potencial guiada con maestría por Antje Weithaas, protagonista de su último concierto por partida doble, como solista y directora
La duodécima cita de la temporada de abono de la OSPA ofreció un programa articulado en torno a tres obras que, desde distintos contextos históricos, exploraban con intensidad el contraste entre dramatismo y lirismo. La velada estuvo dirigida y protagonizada por la violinista alemana Antje Weithaas, quien asumió el doble rol de directora y solista –un hecho que está encontrando cierta continuidad en las temporadas de la Sinfónica asturiana de la mano de figuras como Roman Simovic, Javier Perianes o Nicolas Altstaedt–, aportando una visión clara y cohesionada del conjunto.
El concierto se abrió con la "Sinfonía nº 95 en Do menor" de Haydn, una obra singular dentro de su producción por su tonalidad menor y su carácter más dramático. El "Allegro moderato" inicial se presentó con un sonido compacto y equilibrado, favorecido por un cambio en la disposición habitual de la cuerda que permitió una mayor claridad en los planos sonoros. A pesar de esa densidad tímbrica, la lectura mantuvo fluidez y ligereza, con secciones bien ensambladas y un fraseo cuidado que otorgó al movimiento un acabado especialmente pulcro. El "Andante" destacó por su refinamiento expresivo y un tratamiento delicado del sonido. Resultó especialmente notable el diálogo entre la propia Weithaas (desde la plaza de concertino) y el principal de violonchelo, Maximilian von Pfeil, edificado sobre la intención de priorizar la calidad tímbrica en detrimento del volumen, propiciando una sonoridad camerística, de gran atractivo y elegancia.
El "Minueto", estilizado y de carácter, evidenció una cuerda homogénea y bien articulada. Llamó la atención la implicación gestual de Weithaas, marcando con el pie las entradas de metales y percusión, en un gesto que reforzó la cohesión interna del conjunto. El "Vivace" final, contenido pero intenso, cerró la obra con una lectura exigente y atractiva, destacando el reto añadido de la ausencia de un director al uso, lo que demandó una implicación especialmente activa por parte de todos los músicos.
El "Concierto fúnebre" de Hartmann constituyó el núcleo expresivo del programa. En esta obra para violín y orquesta de cuerda, marcada por el contexto histórico de su composición, Weithaas se situó en el centro de la formación para asumir plenamente su rol de solista. Desde los primeros compases, el violín desplegó una línea melódica de gran lirismo, sostenida en un legato cuidado y una sonoridad esmaltada, con un vibrato contenido que aportó una profundidad excelente quebrada por algunos ruidos de la sala que empiezan a ser habituales en las veladas musicales de la capital del Principado. El "Allegro di molto" fue resuelto con notable virtuosismo, destacando la limpieza técnica en los pasajes de mayor exigencia. Los graves, reforzados por la cuerda, aportaron densidad al discurso, mientras que la dialéctica entre solista y conjunto se vio potenciada por los acordes disonantes y los contrastes dinámicos (hábilmente trazados), resultando una interpretación sugerente que osciló entre la introspección de los pasajes solistas y la tensión de mano de la orquesta.
La segunda parte del concierto estuvo dedicada a la "Sinfonía nº 40 en Sol menor" de Mozart, una de las cumbres del repertorio clásico. El "Molto allegro" se desarrolló con un carácter bien definido, exhibiendo la orquesta una notable precisión. Las maderas brillaron perfilando cada uno de los temas, mientras que las trompas aportaron una tímbrica bien integrada. El "Andante" ofreció una sonoridad muy sugerente y el "Minueto" se resolvió con intención y firmeza, destacando un trío central de gran delicadeza. El "Allegro assai" final cerró la velada con una lectura trepidante, rica en matices y con un trabajo minucioso en los cambios de intensidad y textura que pusieron el broche de oro a una noche larga y fecunda en lo musical.
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