Opinión
Formalidad entre tanto revoltoso
Oviedo Filarmonía, con Lara Diloy a la batuta, exhibe toda su competencia y experiencia en una irregular producción de zarzuela en el Palacio de Festivales de Cantabria
La zarzuela volvía a Santander en forma de género chico. La ausencia de orquesta sinfónica en Cantabria obliga siempre a recurrir a formaciones de comunidades vecinas para abordar producciones líricas (ópera o zarzuela) y, en este caso, Oviedo Filarmonía (OFIL) –agrupación titular del Festival de Teatro Lírico de Oviedo desde sus orígenes– se prestó al desempeño mediante dos funciones que mostraron el nivel de sus músicos. La producción de "La Revoltosa", presentada el pasado fin de semana en el Palacio de Festivales de Santander, ofreció una propuesta escénica que, si bien parte de una estética reconocible dentro del género chico, plantea interrogantes sobre su vigencia y efectividad dramática en el presente. La escenografía, inspirada en un modelo costumbrista, recrea una tradicional corrala y un espacio de disposición circular que remite a una visión tradicional del Madrid popular: una concepción anquilosada en los montajes de hace varias décadas completamente fuera de órbita de los estándares actuales.
La interpretación de Rocío Ignacio como Mari Pepa mostró luces y sombras, destapando una tendencia a ralentizar sus intervenciones, recreándose en el volumen y color de su voz, derivando en pasajes de pérdida de claridad en la dicción agravada por un vibrato excesivo. No obstante, su presencia escénica estuvo bien construida y dejó momentos meritorios en el dúo y en la romanza de "El juramento" (J. Gaztambide), una adición injustificable –más allá de otorgar protagonismo a la intérprete principal– que rompe el carácter ligero y desenfadado de la obra, alterando el equilibrio dramático y desdibujando el perfil de la coqueta chula madrileña. César San Martín, quien encarnará en dos semanas al Julián de "La verbena de la Paloma" en el Campoamor, cumplió con solvencia en su papel, ajustándose al carácter castizo del personaje y mostrando una voz bien timbrada y de firme emisión, culminando su interpretación con un sólido "Vals del Caballero de Gracia", añadido de "La Gran Vía" que tampoco tuvo coherencia en el contexto dramático.
El resto del elenco masculino, con imprecisiones constantes en las entradas e incluso algún olvido puntual del texto, evidenció falta de nivel para integrarse en el discurso orquestal y seguir con naturalidad el sencillo desarrollo musical, centrándose en la parte actoral y cayendo en el histrionismo y la sobreactuación.
A buen nivel rindieron las mujeres, con una espléndida Lucía Beltrán, joven soprano cuyas intervenciones –especialmente las coplas y el "Chotis del Eliseo" (de "La Gran Vía")– se situaron entre lo más logrado de la velada, con una notable musicalidad y una certera línea de canto, llegando por momentos a eclipsar a la propia Rocío Ignacio. Resulta significativo que una estudiante asumiera con tanta profesionalidad el peso musical de la producción, algo que, sin restarle mérito, invita a una reflexión sobre el nivel general del reparto. Milagros Martín también rayó a buen nivel en un papel que se ajusta a sus características actorales (con momentos de gran hilaridad) y vocales. Más desapercibida pasó Pilar Tejero y el gran Chupitos encarnado por Martina Feito.
El Coro Lírico de Cantabria presentó problemas en los tempi, así como ligeros desajustes entre las voces masculinas y femeninas. Además, su hieratismo en escena entorpeció el seguimiento de la acción y restó dinamismo a la representación, sólo revitalizada en algunos pasajes mediante la inclusión de danza.
En el foso, la Oviedo Filarmonía ofreció una actuación imponente, destacando por su cohesión y calidad sonora desde los primeros compases. El preludio, muy alejado de las versiones pesantes que, en ocasiones, llegan a lastrar esta inspirada página, sobresalió por su fluidez y agilidad, con un enfoque equilibrado, resultando un discurso musical diáfano y atractivo. La exposición del tema principal fue especialmente efectiva, con un notable balance entre secciones reconocido por el público cántabro con un caluroso aplauso. Bajo la dirección de Lara Diloy –quien realizó una ímproba labor para sofocar los desajustes sobre el escenario– se cuidaron los balances, con una percusión bien integrada y una cuerda de gran calidad que sostuvo una sonoridad brillante. Los metales, afinados y precisos, contribuyeron de manera decisiva al resultado global, consolidándose la orquesta como uno de los pilares de esta interpretación del repertorio zarzuelístico en la comunidad vecina donde la OFIL puso la formalidad entre tanto revoltoso.
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