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Raymond Aron, el guía discreto

Las lecturas que acompañan toda una vida

Este año 2026 se cumplen 40 de mi acceso a la Universidad. Coincidiendo con efeméride tan señalada, parece obligado, pues, hacer balance e inventario intelectual. En este sentido, mi evolución ideológica no difiere mucho de la de la mayoría de la gente de mi generación y estrato social. Nacido a finales del franquismo, en el seno de una familia trabajadora, resultaba lógico que mis coordenadas ideológicas fueran las de una izquierda más o menos radical. Así, cuando en 1986 comienzo mis estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad de Oviedo, era la caricatura, con todos los tópicos posibles, de un joven comprometido y de izquierdas: de clase trabajadora, lector voraz de Gramsci, Sartre y Althusser, dogmático marxista e intransigente con los enemigos, reales e imaginarios, del proletariado.

Sin embargo, todo cambia el día en que cae en mis manos el libro de un autor, auténtica «bête noire» para un joven tan sectario como era yo por aquel entonces. Ese autor era el filósofo y sociólogo francés, de origen judío, Raymond Aron, y su libro, «El opio de los intelectuales» (1955). En esta obra, escrita en plena Guerra Fría y que el historiador socialista francés François Furet calificó como «un libro de combate y de filosofía», Aron hace un demoledor retrato de esos intelectuales, «compañeros de viaje» y tontos útiles del estalinismo en los países occidentales; personajes como el propio Sartre, su compañera Simone de Beauvoir o la economista inglesa Joan Violet Robinson, todos ellos fascinados con los estados totalitarios (China, URSS) y auténticos apologetas de la clase obrera, pese a que la mayoría no habían visto un obrero en su vida.

Son estos intelectuales, supuestamente progresistas, los que defienden la existencia de los gulags estalinistas (baste recordar, en este sentido, la polémica entre Sartre y Camús), abrazan sin rubor aquella aberración que supuso «La Revolución Cultural» maoísta o viajan a La Habana a entrevistarse con el líder de la revolución cubana, mientras miles de disidentes, homosexuales y demás «elementos antisociales» eran enviados por el régimen castrista a los campos de reeducación (las célebres UMAPs o Unidades Militares de Ayuda a la Producción).

Pero el autor va más allá y con su prosa fría y elegante, desmonta lo que denomina «el mito del proletariado» como clase social a la que el propio Marx atribuyó la definitiva tarea de conducir a la humanidad entera a una sociedad sin clases, justa e igualitaria (el fin de la Historia). En este sentido, fue Aron el primero que me planteó, con toda su crudeza, el problema de la izquierda de raíz marxista y su imposible encaje en un sistema democrático, de libertades públicas y privadas y en una economía capitalista de mercado.

Puedo por ello afirmar, sin temor a equivocarme, que fue el politólogo parisino el primero que sacudió los cimientos de mi dogmatismo, mostrándome el camino de una izquierda verdaderamente democrática; camino que sigo recorriendo cuarenta años después. Y ello, porque, transcurridas más de cuatro décadas, sigo firmemente convencido de que sólo las ideas de progreso, tolerancia y justicia social nos pueden sacar del marasmo, el agotamiento y la insoportable polarización en que nos encontramos a causa de los populismos demagógicos y de los extremismos que «arrasan» nuestra sociedad en esta primera mitad del siglo XXI y frente a los que luchó, durante toda su vida, el pensador galo.

Y así, mientras contemplo, con una mezcla de preocupación y pura curiosidad intelectual, el auge de la extrema derecha nacionalista y antiliberal en nuestro continente, me pregunto qué diría el bueno de Aron, al contemplar como esa Europa que tan bien supo diseccionar desde las páginas de L’Express o Le Figaro se dirige, inexorablemente, al precipicio político.

Tras él vendrían otros –Max Weber, Isaiah Berlin, Albert Camús– pero ninguno de ellos haría tanta mella en mí como el pragmático, liberal y agnóstico Aron, cuyas «Mémoires», escritas en 1983, son, aún hoy en día, uno de mis libros de cabecera.

Por ello, en tiempos tan convulsos, confusos y difusos como los actuales, resulta conveniente recurrir a los «clásicos» y en mi particular tabernáculo de intelectuales, sin duda alguna, Raymond Aron ocupa un lugar de privilegio. Les invito a todos ustedes a que acudan a él. Seguro que no se arrepentirán.

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