Opinión
Rodrigo Cuevas o el arte de ser imagen y raíz
El arrollador arranque de gira del artista ovetense
Pocos artistas consiguen convertir el arranque de una gira en una declaración estética tan rotunda como Rodrigo Cuevas. El pasado viernes, en el pabellón de la Magdalena de Avilés, no solo dio comienzo la gira de «La Belleza», su nuevo trabajo: se inauguró también un universo visual y emocional donde la música, la imagen y la identidad dialogan sin complejos. Porque en Rodrigo Cuevas, todo empieza en cómo se presenta al mundo.
El escenario, transformado en un plató televisivo de los años setenta, con un imponente telón de panoyas, no era un mero decorado. Era una extensión de su discurso. Cada detalle, cada textura, cada guiño retro hablaba de una forma de entender el arte donde la estética no es adorno, sino lenguaje. En tiempos de uniformidad, su propuesta reivindica algo esencial: la imagen personal como acto de libertad y de pertenencia.
Rodrigo Cuevas es inclasificable, sí, pero también profundamente coherente. Su capacidad para mezclar lo rural con lo contemporáneo, el folclore con el cabaret, no se limita al sonido: se encarna en su forma de vestir, de moverse, de habitar el escenario. Identificarse con una estética, en su caso, no es impostura, sino una afirmación radical de identidad. Y eso conecta. Conecta porque interpela, porque incomoda a veces y, sobre todo, porque inspira.
El inicio de esta gira deja claro que estamos ante algo más que una sucesión de conciertos. Es una experiencia total donde lo visual y lo sonoro se entrelazan para construir un relato. Ya lo había demostrado anteriormente en otros escenarios de Asturias como el teatro Campoamor, donde el público no solo asiste, sino que participa emocionalmente de ese universo tan suyo. Pero ahora, con «La Belleza», parece haber dado un paso más: el de consolidar una estética propia reconocible al instante.
Los reconocimientos que ha recibido –como el Premio Nacional de Músicas Actuales o el «Ojo Crítico»– avalan su trayectoria, pero se quedan cortos para explicar el fenómeno. Porque lo que sucede con Rodrigo Cuevas tiene más que ver con una forma de estar en el mundo que con una carrera al uso. Su propuesta convierte lo local en universal, pero también lo íntimo en colectivo.
En paralelo, su proyecto de La Benéfica, en Infiesto, sigue creciendo como un reflejo físico de esa misma filosofía: recuperar, resignificar y proyectar hacia el futuro. Un espacio donde la tradición no se conserva en formol, sino que se reactiva desde la creatividad. Igual que ocurre en su gira, donde cada elemento —también el visual— forma parte de una narrativa mayor.
En el fondo, lo que plantea Rodrigo Cuevas es una pregunta incómoda y necesaria: ¿hasta qué punto nos permitimos ser quienes somos, también en lo estético? Su ejemplo sugiere que la imagen no es superficial, sino profundamente política y cultural. Que vestirse, mostrarse, escenificarse, puede ser una forma de resistencia y de afirmación.
Así, el inicio de «La Belleza» no es solo el comienzo de una gira, sino la reafirmación de un artista que ha entendido que el arte no termina en la música. Que empieza, muchas veces, en el espejo. Y que, cuando se hace desde la autenticidad, puede llegar a ser tan transformador como cualquier canción.
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