Opinión
Cuando los muertos salían por la ventana
Las viejas costumbres fúnebres en la ciudad
Después de la Guerra Civil se había instalado en la sociedad de la época expresar los pésames a los familiares de fallecidos con el estrechamiento de manos o abrazos. Pin Villanueva, veterano periodista, se quejaba en 1950 de esta moda nacida en la posguerra, que incrementaba más dolor a los familiares del fallecido al recibir decenas de manos y abrazos que testimoniaban la amistad.de amigos y vecinos.
Antaño, las muestras de pésame se limitaban a firmar en los pliegos de papel establecidos en la casa del finado, como muestra de condolencia. Se acompañaba al féretro hasta el lugar tradicional en que se oficiaba el responso, en el caso de Oviedo, en San Roque (San Lázaro). Posteriormente, los acompañantes del cadáver retornaban a la casa del fallecido y desde uno de sus corredores, balcones o ventanas, un representante familiar se dirigía a los asistentes para expresarles las gracias por sus asistencia al entierro. Era tradición que esta muestra de agradecimiento la asumiera el patriarca de la casa o persona más afín al fallecido. Esta costumbre se mantuvo en Asturias en municipios como Siero, Noreña y Avilés, hasta los inicios de la década de los 50 del pasado siglo. Paco Arias de Velasco, fundador de este diario, cita en uno de sus artículos en «Asturias Semanal», una anécdota ocurrida en Oviedo con motivo de un fallecimiento. Como estaba previsto iba a intervenir el abuelo para expresar el agradecimiento por la asistencia al acto, pero surgió un problema, un nieto adolescente del patriarca, hijo del fallecido, se empecinó en ser el protagonista y asumir la responsabilidad de dirigirse a los asistentes. Lo sorprendente del caso fue que inició su intervención con la frase «qué doy en un añu...»
Muchos de los asistentes a la firma en el domicilio del finado, se veían obligados a cooperar en la siempre difícil tarea y a veces imposible, de portear el cadáver de las estancias altas de las casas dado el raquitismo de las escaleras. En muchos casos había que bajarlos en andas o con sogas a través de las galerías, corredores o ventanas, hasta el punto que se sugería, con ironía, que al proceder a la firma de los contratos de alquileres de las casas, se hiciera constar la siguiente cláusula «en caso de fallecimiento correrá a cargo de los bomberos sacar el cadáver de casa, abonando los gastos el propietario del inmueble
El 29 de mayo de 1897, un acuerdo del Ayuntamiento de Oviedo, fija el 1 de junio siguiente como fecha a partir de la cual, es obligatorio la conducción de cadáveres a San Salvador en coche fúnebre y prohíbe realizar conducciones al cementerio a hombros desde la casilla de San Roque (San Lázaro) hasta el cementerio y desde la casa mortuoria para los que fallezcan de enfermedad epidémica y contagiosa. Se evitaban así los traslados en carros rudimentarios tirados por bueyes o incluso forcados, tirados por burros, una especie de trineo de madera o de carro sin ruedas pero muy útil en terrenos en cuesta, como eran las subidas al antiguo cementerio de San Cipriano en el Prao Picón o el ascenso al cementerio de San Salvador. La medida municipal, más que regular los traslados, estaba inspirada en motivos sanitarios y la prevención de contagios en un tiempo abundante en epidemias de viruela, tifus o cólera (el año 1885 había sido declarado el año del cólera) y la siempre presente y terrible tuberculosis.
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