Opinión
La fiesta del barrio
Una visión desde dentro de las celebraciones en el Antiguo
No hay cuesta para acudir a las fiestas del Antiguo Oviedo organizadas, año tras año desde hace muchos, por la Asociación Vecinal del Oviedo Redondo. Y eso que Oviedo, la ciudad vetusta, es «empinada». Pero allí donde el Obispo tiene su casa y su corrada y los sacerdotes ya mayorcitos su residencia de reposo; o donde el conservatorio de música educa a futuros grandes «betóvenes», instalan una vez al año su barra, su escenario, su carpa y sus mesas los que ponen empeño y trabajo en hacer unas fiestas de barrio en un mayo que a veces no es tan florido y hermoso como quisieran, pero, ¡qué más da!
No falta en cada convocatoria el homenaje al joven médico que en un lejano siglo XIX murió defendiendo a los vecinos de un enemigo invisible y terrible, el cólera. Él se llamaba Ildefonso Martínez y una vez más tendrá su recuerdo en una calle «cuestuda» conocida popularmente como «Salsipuedes». Habrá rebelión popular recordando un «manifiesto del hambre», que, firmado por un grande de la Casa de Quirós, marqués ni más ni menos, denunció la pobreza y la injusticia en el mismo lejano medio siglo decimonónico.
Pero, historias aparte, las fiestas de barrio son, como las de los pueblos, ese lugar de encuentro entre bailes compartidos, música que en casa no escuchamos pero ahí oímos y bailamos con deleite, vasos de plástico en los que escanciamos sidra nosotros o bebemos vino, cerveza o lo que toque porque lo demás, lo mejor es el barrio, la gente, la compañía y los que vienen y repiten la visita.
Al compás de vermús de lo que sea, música y pachanga, se reúnen jóvenes y no tanto. Bailan al son de una gaita y un tambor espontáneos, atienden a un pregonero mientras hablan y saludan y se divierten con actuaciones varias.
También hay comida solidaria y callejera, para que la solidaridad siga existiendo entre vecinos y con los que viviendo lejos igual lo son.
La ciudad, ese lugar donde se juntan muchas gentes diversas, es un microcosmos de asociaciones múltiples donde hay seres únicos e irrepetibles que se encuentran cada día y que, una vez al año, en las fiestas del barrio, coinciden bailando, bebiendo, comiendo, riendo y cantando, arreglando el mundo desde un rincón, hasta que todo termine y todos concluyamos que «vamos bajando la cuesta que arriba en mi barrio se acabó la fiesta».
Y la vida vuelve a la normalidad, pero en mi barrio siempre, cada día, habrá alguien reconocible al que saludar. Eso hace ciudad.
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