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Opinión | Al final de la semana

San Claudio en un plato

El futuro de la histórica fábrica de loza

En ese imaginario insondable y sin lógica de la infancia, San Claudio tenía forma de plato. No sabía si estaba lejos o cerca, si hacía frío o calor, lo meridiano era que de ahí venían esas vajillas pintadas que estaban por todas partes, en cada casa, en cada comedor; había que dar la vuelta al plato, o así pensaba entonces, para comprobar si, efectivamente, era de los nuestros. Con los años, descubrir en un restaurante, en una tienda o en una página web cualquiera de aquellos dibujos, le devuelve a uno a esa época de despreocupación y sosiego, la niñez. 

Hubo tiempos de lujo y oropel en esa fábrica con cientos de trabajadores, hornos, talleres, y hasta dos viviendas, desde donde se miraba a los ojos a la Cartuja de Sevilla. Había vajillas que irradiaban glamour; otras, más funcionales, pero todas muy reconocibles. Cuántos regalo de boda habrán salido de allí, cuando la moda no era mandar a los novios a Bali y una semana en Canarias hacía el apaño.

Todo aquello entró en declive hasta colapsar definitivamente en 2009, tras un penoso periplo de repliegue empresarial, concursos de acreedores y todo el catálogo de figuras imprescindibles para un desplome. La fábrica quedó abandonada y, como un anticipo de lo que años más tarde sucedería en el viejo HUCA, acabó convertida en un foco de vandalismo, saqueos e inmundicia.

No han faltado los intentos por recuperar la parcela, pero nadie lo ha hecho con verdadera determinación. Ahora, cuando la Agencia Tributaria la sacará pronto a subasta, el Ayuntamiento parece dispuesto a involucrarse y poner en marcha una operación similar a la que ha desarrollada con el centro comercial del edificio de Calatrava: hacerse con el activo y facilitar su explotación a terceros a cambio de las correspondientes rentas y de un aporte claro y objetivo a su entorno, desde la óptica social, económica y de servicio.

En Oviedo no hay demasiado suelo industrial y ganar esos metros en San Claudio (que podrían superar los 75.000 si al conjunto se suma la antigua industria El Caleyo) facilitaría la instalación de empresas y liberaría a un bonito enclave rural del basurero que les acompaña desde hace años.

En el Bellas Artes, por cierto, dentro de la colección de artes industriales, se conserva una amplia muestra de lo que salió de aquellos hornos de San Claudio. Mejor aprovechar para verla. Nunca se sabe dónde acabarán esas piezas.

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