Opinión

Redactor de Economía.
Asalto con carantoñas
Uno camina por la calle con un compañero de trabajo, un socio, un cliente o, peor aún, una mujer con la que existen expectativas románticas. Dependiendo del acompañante, la conversación es más o menos seria, más o menos formal, pero el tono es generalmente contenido. Caminamos con un ropaje de gravedad, madurez, solvencia. Hay bromas y ligerezas, claro, pero siempre en ese registro mesurado. Somos hombres adultos que caminan hablando de cosas adultas. La vida nos ha llevado a este perfecto punto de cocción: hombres ‘al dente’ que se visten por los pies.
Y entonces se produce el asalto. Es sorpresivo, como todos los asaltos. No lo perpetra un delincuente ni un trastornado, sino alguien más peligroso: una mujer entrada en años, encantadora y locuaz, que quizá regresa de hacer un recado. Es esa amiga de toda la vida de nuestros padres, nuestros tíos o nuestros abuelos. En realidad, no importa mucho de quién sea amiga en concreto, porque lo que importa es su esencia, su ejecutoria: es la mujer que nos conoce desde niños, que guarda en su memoria todo el archivo familiar.
Y la mujer, sin reparar en lo más mínimo en nuestro acompañante ni en el contexto pulcramente adulto en el que se ha topado con nosotros, empieza a expresar sin cortapisas lo guapinos que éramos de pequeños, lo que nos parecemos a nuestro padre o nuestra madre, lo que hemos crecido. También nos dice si hemos engordado, porque la buena mujer, Dios la bendiga, practica en vivo y en directo la santísima virtud de la sinceridad.
Y todo esto lo dice haciéndonos una carantoña con la mano. Acariciando nuestra mejilla, en la que, por efecto de la regresión que ella misma ha conjurado, ha desaparecido la barba y ha retornado mágicamente una tersura de bebé. Del mismo modo, nuestras perneras retroceden y volvemos a vestir pantalones cortos. En las rodillas brotan heridas, en las comisuras de los labios aparecen restos de Nocilla y los cordones de los zapatos se desanudan. La señora, poderosa hechicera sin escoba ni gato (sino con permanente y carrito de la compra), nos ha transformado en un niño de diez años. A nuestro lado, nuestro compañero de trabajo, nuestro socio, nuestro cliente o, peor aún, la mujer con la que existían expectativas románticas (ya fulminadas), asisten al prodigio manteniendo una civilizadísima y adulta sonrisa.
A la amiga de nuestros padres no le basta repasar todos los hitos de nuestro itinerario vital y familiar. Quiere más información, quiere exprimirnos todo el jugo biográfico. Y nos pregunta si nos hemos casado, que cómo es que no nos hemos casado, si tenemos hijos, si cuántos hijos tenemos, si la mujer que nos acompaña va a ser la madre de esos hijos que ya tardan en llegar.
Pero, mi querida señora, ¿cómo voy a casarme y tener hijos si usted acaba de convertirme en plena calle en un niño de diez años?
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