Opinión
La familia invisible de Fitoria
El caso de la pareja alemana revela las fisuras sociales tras cuatro años de aislamiento extremo
Quizá porque eran alemanes, porque nunca los vimos, ni ellos vieron a nadie o porque suponemos que tenían dinero y a saber cuál de los mecanismos del miedo les llevó a encerrarse en ese chalet con sus tres niños, la dramática situación de la familia que vivió cuatro años oculta en Fitoria nos lleva a quedarnos en lo superficial: cárcel para esos desalmados padres y todos los cuidados y protección para los pequeños, ojalá el tiempo cierre sus heridas y la vida les permita salir adelante.
Detrás de la situación delictiva que ha visto el juez, a la espera de los recursos, queda un desagradable retrato de lo que nos pasa como sociedad; esas grietas de un sistema que creemos perfecto, por las que se escurren a menudo dramas incomprensibles desde la comodidad de nuestras casas más o menos funcionales.
Alrededor del caso surgen preguntas sin respuesta cuya mera formulación ya es un retrato en sí misma. ¿Cómo es posible que una familia de cinco miembros se instale en una bonita casa de alquiler de una tranquila localidad rural y pase cuatro años sin prácticamente hacerse notar y, lo verdaderamente grave, sin que esos tres niños disfruten de las mínimas atenciones para su desarrollo? ¿Cómo termina en un pueblo de Oviedo una pareja alemana que huye del covid, trabaja en remoto y acaba por alimentarse a base de compras a domicilio?
La pareja lleva algo más de un año en la cárcel sin entender nada de lo que les ha pasado. Creyeron que en España se refugiaban del virus y no se preocuparon de otra cosa que de mantenerse al margen del mundo. Hacían lo mejor para sus hijos, han repetido una y otra vez, ante la policía y en el juicio. En principio, son personas funcionales y formadas. El padre desarrollaba en remoto tareas relacionadas con los recursos humanos. Buscaba perfiles de talento por encargo para las empresas que lo contrataban y pagaba el alquiler de un chalet que no era barato.
De puertas adentro, el desastre. La vida ermitaña les llevó a descuidar los elementales hábitos de limpieza y a dejarse ir con la formación y cuidados de sus hijos (dos gemelos de 8 años y su hermano de 10), que se les iban haciendo mayores en ese encierro ya descontrolado.
El desastre social y familiar guardaba como única nota positiva la relación afectuosa entre padres e hijos. Por eso, pese a la condena inicial (violencia psíquica habitual y abandono de familia) y la prohibición del contacto físico con los pequeños, el juez mantiene una llamada semanal de diez minutos, pues la considera positiva para los menores, donde se centran los esfuerzos para sacarlos adelante.
Los servicios sociales asturianos se están volcando con los tres niños. El trabajo es arduo y los avances, aunque lentos, los llevan a albergar cierto optimismo para el futuro. La sentencia (dos años y diez meses de cárcel para cada progenitor) resulta insuficiente a ojos del Principado, que la ha recurrido. Una paradoja, ante la sorpresa y el shock de la pareja alemana, convencida de que saldrían absueltos porque habían actuado de buena fe.
Quizá lo más inquietante del caso de Fitoria no sea un matrimonio perdido en su propia trampa psicológica, sino que tres niños pudieran desaparecer durante cuatro años a unos pocos metros de todos sin que apenas nadie lo advirtiera.
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