Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Oviedo, más allá del «Campo» o la huerta franciscana

«Millares de siglos antes de existir Oviedo, el Naranco ya era ovetense», Valentin Andrés Álvarez.

Me es inolvidable la inmensa faz sonriente de Juan Álvarez Sr., cuando en medio del ambiente de tristeza generalizado por la muerte de Puri Tomás me propuso que la negociación que estaba ultimando con la familia Julián Rodríguez salía un excelente parque en la falda naranquina que podíamos otorgar el nombre de la ilustre compañera que dolorosamente se nos iba.

También quiero rendir tributo a Francisco González Villamil, que fue concejal en los cincuenta, arquitecto, que traté en la Salinas de mi niñez, que tuvo la feliz idea del Parque de Invierno, según cuenta Tolivar Faes en la primera edición de su tan citado «Nombres y cosas de las calles de Oviedo». Villamil falleció sin que su propuesta fuera recogida hasta que mi Corporación la asumió y amplió todo su benéfico y hondo significado.

Igual recuerdo la lucha de mi padre alcalde frente a los propietarios del suelo, representados por Sixto Castiñeiras, para lograr el Campillín. Los que fuimos alumnos dominicos conocíamos muy bien la zona donde una pandilla de mozalbetes se hacía fuerte los inviernos a bolazos de nieve. ¡¿Alguien recuerda una temporada invernal que no nevase en nuestra juventud?!Por la parte de abajo había una línea de casuchas semiderruidas con el Bar Naves, donde los compañeros que daban al vicio por antonomasia compraban celtas o, con pesetas rubias, bisontes por piezas. Por arriba la guerra había terminado con los últimos números de la calle Magdalena, donde en 1937 un miliciano, que se dirigía a tomar la Plaza del Ayuntamiento, se tornó, en medio del incendio bélico, para dar una chocolatina a quien sería gran concejal cuatro décadas luego, Jesús G. Aparicio, que nunca lo olvidaría. En el montículo del Campillín montó su caballete de pintor Joaquín Vaquero para obtener una imagen irrepetible de la catedral tronchada que cantaría Gerardo Diego, miembro diletante de la lorquiana «generación del 27». Gracias a muchos ciudadanos en mi pretérito tiempo municipal y ahora de nuevo han evitado que nos destrocen ese parque que increíblemente el actual vicealcalde quiere, para ahora o para más adelante, convertir en parking como otro concejal en la sombra pretende atravesar con paseo de coches La Huerta Francisca. Y por locura hay quienes nos quieren alejar del Naranco con una circunvalación antiovetense con lo que el monte totémico perdería su carácter de sentado en espera desde tiempo inmemorial que le atribuía Valentín Andrés Álvarez.

Veo reflejado en varios sueltos de este periódico las zonas verdes de La Zoreda, de La Rodriga y aún otras, de cuyos iniciales debates podré testimoniar para otras ocasiones.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents