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Perpetuum mobile

La creadora gallega Ana Vallés presenta un espectáculo de raíces asturianas que fusiona danza, performance y reflexiones filosóficas

El «perpetuum mobile» o máquina en movimiento perpetuo se salta la segunda ley de la termodinámica, pero eso a Ana Vallés le importa bien poco, porque sabe que somos animales en movimiento constante y que nuestra vida, si no es otra cosa, al menos es movimiento. Con este nuevo espectáculo de raíces asturianas en el que la compañía Proyecto Piloto ha reunido a lo mejor de nuestra escena alternativa, la creadora gallega da rienda suelta a sus temas favoritos con las claves icónicas que la caracterizan y la fuerza de un imaginario inconfundible.

En un escenario caótico que quiere emular una tienda de segunda mano poblada de cachivaches, los intérpretes van despejando el caos y surge una barra de bar, una mesa, una butaca y una máquina de bolas, creando un ambiente muy hopperiano cargado de melancolía, silencio y tiempo detenido.

Fran González, presentador un poco prestidigitador, anuncia la llegada de una Venus, Verónica R. Galán, que nos deslumbra y cautiva al irrumpir en escena cantando el aria «O cessate di piagarmi», conmovedora súplica de un amor no correspondido, tratado aquí con tintes paródicos.

Como es habitual en el universo Vallés, la sucesión de imágenes poderosas, danza y performance alternan con las reflexiones filosóficas en un vano intento por comprender la realidad. Rebeca Tassis es una presencia constante que interpela al público con su mirada enigmática y sus bellas coreografías, en las que se retuerce, se repliega y despliega, encaramada en unos tacones que son prolongación de sus piernas y abrazada a un tronco cual koala.

Natxo Montero, Ízar Gayo y Fran González llevan el peso de las reflexiones monologadas, que requieren de un espectador libre de prejuicios, dispuesto a dejarse seducir por la fuerza y belleza de las imágenes y las palabras. Natxo Montero es un excelente bailarín y actor que destaca por su naturalidad y bella forma de habitar el espacio. Ízar Gayo, la reina del teatro postdramático asturiano, brilla en las coreografías como y en los parlamentos. Fran González sobresale por su vis cómica, sus solos de guitarra y saxo, además de su talento como bailarín.

Las referencias a Carmen Werner, Kazuo Ono y Mónica García —para la que se pide el Premio Nacional de Danza— sirven como pretexto para reflexionar acerca de la longevidad del artista, el carisma y la técnica, y la resistencia de quienes crean en los márgenes. La mano de Borja Roces, que conjuga la estética más kitsch con la belleza más conmovedora, logra un engranaje donde cada pieza funciona a la perfección.

El humor se materializa en forma de divertida crítica a las vanguardias, como la entrevista a Salvatore, autor de una escultura invisible y él mismo desaparecido gracias a un traje de partículas invisibles, o al artista local gangoso —genial Natxo Montero con un globo cresta— buscando un poco de amor sin compromiso entre el público.

Sócrates, Nietzsche y Galileo componen la tríada de filósofos que apuestan por el movimiento y la belleza, como hace Vallés y Proyecto Piloto con este seductor espectáculo. n

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