Opinión
Diana Cooper, juventud y madurez
La artista francesa se exhibe en la centenaria institución ovetense con un programa complejo pero interesante
La joven pianista Diana Cooper regresó a la Sociedad Filarmónica de Oviedo en un recital interesante donde se realizaba una aproximación a diferentes estilos pianísticos: una prueba de fuego para cualquier intérprete. Al igual que hace un par de temporadas, Cooper demostró su madurez al teclado en cada una de las piezas, impactando al público, especialmente, en el repertorio romántico.
El recital se abrió con tres sonatas de Domenico Scarlatti -K. 9, K. 96 y K. 141-, terreno en el que Cooper mostró desde el primer compás una articulación limpia y una mano derecha especialmente ágil en el registro agudo. Su aproximación al lenguaje barroco, quizá algo sobria en las dos primeras piezas, estuvo marcada por fraseos ajustados y una lectura clara y depurada, aunque fue en la K. 141 -una de las obras predilectas de Martha Argerich, quien ejerce como jurado en el Concurso de Piano “Ciudad de Vigo”, en el que Cooper resultó vencedora en la edición de 2022-, donde evidenció una mayor energía y dramatismo sin perder, en ningún momento, el control ni resentir la articulación.
En las “Variaciones serias” op. 54 de Mendelssohn, una obra poliédrica y de gran exigencia, Cooper pareció sentirse especialmente cómoda. La pianista francesa desplegó la profundidad que demanda el discurso, evidenció un uso certero del pedal y, sobre todo, exhibió una pulsación nítida que le permitió sostener con naturalidad la densidad polifónica de la partitura. Además, supo contenerse en los momentos más íntimos y cargar todo peso sonoro en los episodios de mayor densidad, siempre con una técnica subordinada a la expresividad y una musicalidad que evitó cualquier rigidez académica.
La primera parte concluyó mediante el “Allegro de concierto” op. 46 de Granados, página menos frecuentada en los escenarios, pero de enorme riqueza pianística, donde la intérprete construyó una atmósfera sugerente y evocadora. Cooper dibujó aquí un universo de colores muy trabajado, con balances sonoros cuidados y equilibrio entre ambas manos, priorizando algunos matices expresivos que aportaron mayor atractivo a su ejecución.
La segunda parte estaba integrada por obras de Chopin, un repertorio donde se destaca especialmente la intérprete francesa. Las “Tres mazurcas” op. 59 revelaron su afinidad con el repertorio: sonoridad aterciopelada, control del volumen y una notable capacidad para sostener la dualidad entre la nostalgia melódica y el impulso rítmico que conllevan estas piezas. La “Barcarola” op. 60, construida con admirable paciencia, fue creciendo hacia un clímax de gran intensidad expresiva, con un fraseo meticuloso y una pulsación cristalina que sostuvo con naturalidad el complejo entramado musical de la partitura.
La culminación llegó con la “Polonesa-Fantasía” op. 61, abordada desde la sutileza y el recogimiento. Cooper engarzó melodías y acordes con extrema delicadeza, recreándose en el color y en el tiempo interno de la música, hasta desembocar en una interpretación intensa, trepidante y emocionalmente muy comprometida. El “Grande Valse” (Chopin) que dedicó al público, a modo de propina, ahondó en el carácter expresivo de la segunda mitad del recital, edificado sobre un repertorio sugerente y una madurez pianística por parte de Diana Cooper que, esperamos, regrese pronto a la Filarmónica ovetense.
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