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Capella de Ministrers pone la nota rebelde

Triunfo en el Auditorio de la formación hispana, bajo la dirección de Carles Magraner con los "Carmina Burana"

No es tarea sencilla enfrentarse a los "Carmina Burana" sin que el imaginario colectivo escuche, inevitablemente, el eco de Carl Orff. La popularidad de su monumental obra ha terminado por eclipsar el origen medieval de estos textos, escritos por clérigos errantes y estudiantes del siglo XIII que cantaban al amor, al vino, al azar y a la sátira social con una libertad sorprendente. Precisamente ahí residía uno de los mayores atractivos del programa que Capella de Ministrers, bajo la dirección de Carles Magraner, presentó en la Primavera Barroca con el elocuente título "Carmina Burana: Música medieval para rebeldes sin causa": devolver al Codex Buranus su condición original, alejada de la grandilocuencia sinfónica del siglo XX y presentarla bajo un prisma más cercano a la frescura, el desenfado y la insolencia de los goliardos. El propio Magraner introdujo el concierto con una explicación didáctica sobre el espíritu de estos cantos: música nacida de jóvenes estudiantes y clérigos errantes que encontraron en la sátira, la protesta, el amor y la bebida un vehículo de expresión vital. Esa contextualización ayudó a situar una propuesta concebida en dos grandes bloques "Carmina moralia et satirica" y "Carmina amatoria et potoria" que recorrió las múltiples caras de este repertorio medieval.

La apertura con "Licet eger cum egrotis" funcionó como una suerte de invocación ritual. Tras una fanfarria inicial ("Ecce torpet probitas"), el número desplegó un canto de acusada circularidad, casi litúrgica, sostenido por la percusión y reforzado por el peso del coro masculino, mientras las voces femeninas de Èlia Casanova, Laia Blasco y Rosa García aportaban un timbre claro una notable expresividad. Desde el inicio quedó patente una de las virtudes de la formación valenciana: la riqueza tímbrica de un conjunto pequeño pero extraordinariamente versátil y de fuerte personalidad sonora. "Procurans odium", confiado al coro masculino, mostró quizá mejor que ningún otro número ese sabor arcaizante que Capella de Ministrers sabe extraer de este repertorio, con voces bien timbradas, graves rotundos y una dicción que convertía el texto en materia expresiva. Igualmente atractiva resultó la revisión de "O Fortuna, velut luna", número que arrastra el peso de la versión de Orff. La deconstrucción propuesta por Magraner resultó inteligente, construyendo el clímax mediante la acumulación progresiva de voces y un juego tímbrico que dejó un universo sonoro atractivo y diferente al convencional.

En "Licet eger cum egrotis", las voces siguieron mostrando un notable empaste, sostenidas por un acompañamiento instrumental especialmente imaginativo, con flautas de gran musicalidad y una percusión precisa, mientras la irrupción de la chirimía añadía un punto agreste, casi orgiástico, de sugestiva violencia tímbrica. Magraner se mostró siempre atento en la dirección, especialmente en piezas de escritura más quebrada como "Fas et nefas ambulant", donde los cambios de pulso y las resoluciones exigían precisión constante. También resultó particularmente sugestivo "Dum iuventus floruit", uno de los momentos más delicados del concierto: voz, viola da gamba y flauta en una textura austera, casi desnuda, que cedía el protagonismo absoluto a la línea vocal.

La segunda parte acentuó el carácter festivo y teatral del programa. El instrumental "Olim sudor Herculis" mostró el admirable equilibrio de un conjunto cuyos músicos cambian de instrumento con una naturalidad cada vez menos frecuente en un panorama crecientemente especializado. En esta sección, de tono más ligero y báquico, brillaron especialmente "Veris dulcis in tempore", de evocación pastoral y sensual, e "In taberna quando sumus", otro de los inevitables números asociados al "Carmina Burana" de Orff, aquí resuelto con un notable sentido teatral. El progresivo acelerando y el tono jocoso del estribillo desembocaron en un delicioso caos tabernario, con respuestas corales, gritos y una teatral desorganización perfectamente orquestada.

El desenlace con "Bacche, bene venies" terminó de romper cualquier distancia entre escenario y sala: silbidos, palmas del público y músicos abandonando la escena por el patio de butacas en un final festivo, casi carnavalesco, que arrancó una ovación calurosa. Obligados a regresar, los músicos bisaron "In taberna quando sumus", ante la cómplice intervención de Magraner, que expresó: "Nos vamos a la taberna a tomar sidra".

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