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Yago González

Yago González

Redactor de Economía.

Cobra en Teatinos

Habíamos visto “A propósito de Llewyn Davies”, de los hermanos Coen, en los cines de Los Prados. La había elegido yo porque iba sobre un músico y a ella le gustaba la música. Y a mí me gustaba ella. Mucho. Tampoco la conocía demasiado, aunque yo creyera entonces que sí, que lo suficiente. Habíamos quedado un par de veces en Madrid y quizá otras dos en Oviedo. En cualquier caso, la había conocido en un momento extraño de mi vida. Uno de esos momentos de transformación interior, tan luminosos como turbulentos, en los que la mezcla de euforia y fragilidad pueden empujarte a la obsesión. A proyectar en otra persona la salvación de los propios abismos. No quiero sonar a poeta atormentado, Dios me libre, pero mi realidad era entonces exactamente esa.

Salimos de Los Prados a la noche ovetense. Caminábamos despacio por Teatinos, hablando de la peli. A ella no le había gustado. A mí, regular. No obstante, no era la película lo que ocupaba mis pensamientos. Estos estaban tomados por un propósito muy concreto: esa noche tenía que besarla. O al menos intentarlo. Necesitaba mostrar de una vez mis intenciones y mis afectos. Jugármela.

Y lo hice. Nuestros caminos se bifurcaban en Bermúdez de Castro. Vivíamos en puntos opuestos de la ciudad. Llegó ese momento de despedirse, esa pausa rebosante de tensión. No había un alma en la calle. Teatinos dormía en silencio. La miré y le dije: “Bueno, ahora tengo que besarte”. Acerqué mi cara a la suya, levemente inclinada (ya saben, la posición estándar del beso) y ella me esquivó. No fue brusco: se separó despacio, como acompasando su cabeza a la mía, pero manteniendo centímetros de distancia. Me hizo lo que en el argot juvenil se conoce como una cobra.

Sonrió un poco mientras lo hacía. Ahí ya advertí que se lo esperaba. Y entonces me dijo: “No sé hacia dónde está yendo esto, Yago”. Supe que “esto” era todo en general: nuestras quedadas, mis mensajes de móvil. No recuerdo qué respondí. Sí que ella dijo: “Es que no me conoces”. Y tenía razón.

Nos despedimos. Atravesé Oviedo, un Oviedo nocturno, hasta casa. ¿Han vuelto alguna vez caminando a casa después de una cobra? Es una amargura muy, muy particular, indistinguible de otras, como un perfume selecto. Físicamente se ubica entre el estómago y la garganta. Y en la mente se activa una batidora emocional: una mezcla de orgullo herido (heridísimo), un cierto alivio por haber despejado la incertidumbre acumulada durante meses y una especie de mecanismo compensatorio que intenta persuadirte de que es mejor así, que ella no era la que tenía que ser.

Después de una cobra, uno exactamente no duerme. No se puede llamar sueño a eso, mucho menos descanso. Al día siguiente hay resaca: son los coletazos de la cobra. Pero también, al fondo del dolor del rechazo, asoma el brillo del sano orgullo que brinda la valentía. El penalti lo falla el que lo tira.

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