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Opinión | Crítica / Música

Musicólogo

Exquisito Romanticismo alemán

La orquesta húngara, bajo una espléndida dirección de Iván Fischer, cosecha unos resultados excelentes en el ciclo Conciertos del Auditorio

Conciertos del Auditorio

Intérpretes: Ingela Brimberg (soprano), Hanno Müller-Brachmann y Budapest Festival Orchestra.

Dirección: Iván Fischer.

Programa: Obras de Robert Schumann y Richard Wagner.

Auditorio, jueves, 19:30 horas

La velada de la Budapest Festival Orchestra en los Conciertos del Auditorio reafirmó a la formación húngara como una de las grandes orquestas europeas de nuestro tiempo y, a la vez, demostró el potencial y el prestigio alcanzado por el ciclo musical ovetense. Con una notable entrada en la sala y bajo la dirección de su fundador, Iván Fischer (incluyendo la participación de la soprano Ingela Brimberg y del bajo-barítono Hanno Müller-Brachmann), la cita supuso una exhibición de excelencia técnica, profundidad expresiva y musicalidad al servicio de dos obras esenciales del repertorio alemán.

Ya antes de sonar la primera nota llamaba la atención la disposición orquestal, poco habitual, con los contrabajos situados en la parte más posterior del escenario, dentro de una plantilla cercana al centenar de músicos. Esa distribución, lejos de enturbiar el sonido, contribuyó a generar una masa orquestal compacta y extraordinariamente homogénea, especialmente visible en la interpretación de la "Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor", op. 97 de Schumann. Desde el arranque del primer movimiento, Lebhaft, la Budapest Festival Orchestra desplegó una sonoridad brillante y perfectamente equilibrada entre secciones. Las maderas, exquisitas durante toda la noche, aportaron una calidez y una elegancia constantes, mientras que los metales destacaron por la limpieza de sus ataques y un volumen siempre cuidadosamente controlado. Sobre ellos se asentaba una cuerda tersa, sedosa y de una calidad tímbrica excepcional, capaz de mantener densidad sonora sin perder transparencia. Destacamos la pulcritud de Fischer en el Scherzo, con un gesto amplio y expresivo, prácticamente sin necesidad de consultar la partitura, evidenciando una dirección fluida y orgánica e impregnando el movimiento de una elegancia y una majestuosidad admirables gracias a unos fraseos perfectamente delineados y a una planificación dinámica de exquisito refinamiento.

En Nicht schnell, quizá el movimiento más delicado de la sinfonía, volvió a brillar el extraordinario trabajo de las maderas, de una calidez y una musicalidad sobresalientes. La cuerda, por su parte, mantuvo una flexibilidad admirable en los tempi y en los cambios de carácter, algo especialmente meritorio en una formación tan numerosa. El célebre cuarto movimiento, Feierlich, apareció revestido de un dramatismo muy efectivo gracias a los sostenidos acordes que fueron evolucionando desde la gravedad inicial, mostrando una sonoridad imponente y perfectamente balanceada. Finalmente, el Lebhaft devolvió el impulso vital y luminoso de la obra con una ejecución vibrante, perfectamente ensamblada pese a la velocidad del movimiento donde la contundencia de los metales añadió espectacularidad a una lectura de gran brillantez y precisión.

La segunda parte elevó aún más el voltaje emocional con la escena final del tercer acto de "Die Walküre", de Wagner: la "Despedida de Wotan" y el "Fuego mágico". La orquesta aumentó todavía más su plantilla para afrontar una de las páginas más intensas y conmovedoras del repertorio operístico alemán, desplegando una sonoridad monumental sin perder nunca claridad interna.

La soprano sueca Ingela Brimberg hizo gala de una voz amplia y homogénea, de centro caudaloso y agudos firmes, capaz de proyectarse con autoridad sobre una masa orquestal de enormes dimensiones. Más allá de la potencia vocal, destacó especialmente su inteligencia expresiva: el cuidado del fraseo, el manejo de las dinámicas y una gestualidad sobria pero elocuente contribuyeron a construir una Brünnhilde de gran humanidad, capaz de alternar lirismo y tensión dramática con pasmosa facilidad. Por su parte, Hanno Müller-Brachmann ofreció un Wotan de gran solidez vocal. El bajo-barítono alemán desplegó una voz rotunda, de color oscuro y especialmente atractiva en el registro grave, rico en armónicos y perfectamente proyectado. Aunque su personaje no permite el vuelo lírico de Brünnhilde, Müller-Brachmann supo imprimir a cada frase una nobleza y una sutileza muy reveladoras de su experiencia tanto operística como en el ámbito del lied.

Juntos alcanzaron momentos de enorme intensidad emocional, por momentos casi desgarradores, sostenidos además por una orquesta en estado de gracia. Fischer volvió a mostrarse excepcional en la dirección, unificando tempi, fraseos y sonoridades con una precisión asombrosa. Más que dirigir, parecía moldear físicamente el sonido, balanceando y meciendo la orquesta con una mezcla de autoridad y delicadeza extraordinarias..

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