Opinión | Las ranas

Redactor de Economía.
"Voy matar la pita al vecín"
Hace unos meses, a raíz de una columna mía sobre los peajes personales de vivir en Madrid o en Oviedo (favorables, en mi texto, a lo segundo), un buen amigo, perteneciente a una potente empresa familiar asturiana, me escribió un mensaje: «Te has olvidado poner un peaje muy importante: la envidia. Aquí hay mucha envidia». Aunque yo creí haber apuntado ese factor cuando mencioné el vuelo bajo, los celos pueriles y el escrutinio de vidas ajenas que abundan en esta región nuestra, anoté mentalmente las palabras de mi amigo para profundizar en el tema.
La envidia, desde luego, no es un vicio únicamente asturiano ni español. Es una baja pasión universal que está presente en las enseñanzas morales más antiguas (Caín y Abel) y en la que todos hemos caído alguna o muchas veces. El asunto ha sido estudiado desde muchas perspectivas, incluyendo la de la psicología evolutiva: la envidia sería una emoción adaptativa que nos avisa cuando un «rival» (el vecino de enfrente, el compañero de oficina, el propio hermano) tiene una ventaja en recursos, estatus o parejas que afectarían a nuestra supervivencia y reproducción. Sentirla nos impulsa a actuar: o competimos para conseguir lo mismo o intentamos reducir la diferencia.
En este punto cobra mucha importancia la «teoría de la comparación social» que desarrolló el psicólogo neoyorquino Leon Festinger y que sostiene que envidiamos más a quienes más se parecen a nosotros y están más cerca. No nos jode tanto el yate de Bill Gates como el coche nuevo del vecino, porque este «está casi igual, pero un poco mejor».
Y aquí es donde el factor asturiano intensifica el fenómeno: en comunidades humanas pequeñas, la desigualdad es más visible, más personal. Esto activa la envidia como mecanismo de competencia o nivelación. Por el contrario, en ciudades grandes se da una mayor rotación de individuos con los que nos relacionamos y, por tanto, más diversidad y anonimato. Es difícil envidiar a quien veo cada seis meses, pero no al que me cruzo a diario.
La proximidad, el entorno limitado, no solo incentiva la envidia. También la desconfianza, la sospecha e incluso la paranoia. En sociedades más abiertas y con más flujo humano existe una disposición liberal, sanamente ingenua, para tratar con el otro. Los contextos pequeños, sin embargo, estimulan la creencia de que el interlocutor tiene segundas intenciones y no desvela todas sus cartas. Y ahí se inicia una cadena de conspiraciones, cuchicheos, venganzas, rencores…
Al final, todo esto lo resume muy bien el refranero español con aquello de «pueblo pequeño, infierno grande». La aldea es muy bonita, se respira un aire limpísimo, uno conecta con la naturaleza y consigo mismo y se oxigena de la deshumanizada urbe. Hasta que te levantas una mañana y descubres que el vecino te ha matado la pita por una frase inoportuna que dijo tu abuelo hace dos décadas.
Ahí es cuando toca elegir: o te pasas la vida vigilando el gallinero ajeno, o decides que tus gallinas —aunque pongan menos— saben mejor porque son tuyas. Asturias es pequeña, sí. Pero también cabe la posibilidad de que, entre tanta comparación, nos olvidemos de que a veces lo más revolucionario es dejar de mirar cuántos huevos pone el vecino.
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