Opinión
El Roland Garros que no siempre se ve

Antonio Cuestas en el torneo. / LNE
Mucho más que tenis: pequeñas historias en el corazón del torneo parisino
Mayo en París tiene algo especial cuando se acerca Roland Garros. Antes de que empiecen los encuentros con las grandes figuras, el recinto del bosque de Bolonia ya desprende un ambiente eléctrico: pasos rápidos, idiomas mezclados y el eco sordo de las raquetas golpeando a lo lejos.
El primer encuentro inesperado no tardó en aparecer: el mundo es pequeño —como dicen los franceses— o un pañuelo, como decimos nosotros. Apenas dos minutos después de entrar en el recinto, entre la multitud, me doy de lleno con Paola Suárez.
Su trayectoria merece ser recordada: con solo 15 años cruzó el charco desde Argentina para una gira en España y firmó algo poco habitual al ganar los cuatro torneos que jugó. Desde Barcelona viajó directamente a París para alcanzar la final júnior. Más tarde llegaría su alianza con Vivi Ruano, conquistando cuatro veces el torneo y siendo número uno del mundo en dobles durante 87 semanas, además de rozar el top 10 individual. Este año regresaba a París confesando que volver donde fue feliz tiene algo especial.
Ahora, las vueltas que da el destino, Paola comparte su experiencia enseñando tenis en el Parque del Oeste de Oviedo. Esto da pie a una anécdota que provocó más de una sonrisa: comparte labores con Carlos Alcaraz, veterano entrenador argentino afincado en Asturias. Cuando el joven murciano comenzó a abrirse paso en la élite, el teléfono de este técnico echaba humo. Amigos desde Argentina le llamaban convencidos de haber resuelto el misterio y le preguntaban, atónitos, si aquel prometedor tenista era hijo suyo.
Un reencuentro pendiente en clave asturiana
Me hubiera gustado saludar al gijonés Pablo Carreño, a quien tuve ocasión de arbitrar en mi etapa como árbitro nacional cuando apenas era un niño y acudía con su entrenadora, Rosa Domínguez. Eran años de pistas modestas y tenis base, donde pocos imaginaban que aquel crío tranquilo terminaría haciéndonos tan felices con la Davis o su épica medalla de bronce olímpica derrotando a Djokovic.
Una lesión en el hombro sufrida días antes en Valencia puso en duda su participación y frustró ese pequeño viaje al pasado que siempre regalan los reencuentros. Afortunadamente, el pundonor ha pesado más y Pablo está compitiendo. Caminando por las instalaciones, pensaba en cómo este deporte teje vínculos que reaparecen años después en escenarios distintos. Al final, detrás de los grandes torneos, siguen latiendo aquellas historias pequeñas que comenzaron un día cualquiera en Asturias.
Un encuentro personal con París
Durante mis años en activo, el trabajo fue lo primero y me impidió cumplir el sueño de ver a Nadal levantar una Copa de los Mosqueteros en directo. Jubilado, y con él retirado, mi ilusión era ver si Carlos Alcaraz repetía triunfo... pero una lesión inoportuna nos dejó con las ganas.
Aun así, pisar Roland Garros impresiona. Posar junto a la estatua de Nadal, el indiscutible rey de la tierra, después de tantos años siguiendo el torneo desde la distancia, cobra un significado especial. París te recibe con esa mezcla de historia, emoción y tenis que uno reconoce al instante.
El tenis que se juega antes del tenis
Las previas conservan algo muy auténtico. Allí el tenis se vive de cerca: jugadores caminando entre pistas, entrenamientos abiertos y aficionados que observan partidos secundarios presintiendo el nacimiento de algo importante.
No sólo buscan abrirse camino los jóvenes desconocidos. También llegan veteranos ilustres obligados a pelear desde abajo por los caprichos de las lesiones. Este año, Grigor Dimitrov —ex número tres del mundo— tuvo que disputar la calificación. La escena era insólita: un tenista de su finura batallando desde la primera ronda como uno más.
Apareció entonces Pedro Faria, inspirado, para derrotarlo en un agónico super tie-break a diez puntos. La pista Suzanne Lenglen estaba llena, dividida entre los portugueses y los fieles de Dimitrov. Para quienes estábamos allí, aquello no parecía una previa, sino un partido de la última semana.
Igual de llamativo fue el entrenamiento entre Djokovic y Zverev: dos horas de intenso peloteo en una Philippe-Chatrier ocupada hasta la bandera. Ver un estadio lleno en un día de clasificación produce una tensión indescriptible. El público sabe lo que hay en juego y los jugadores son conscientes de que un partido puede cambiarles la carrera.
El ejército silencioso
Pero Roland Garros no se sostiene únicamente sobre grandes figuras. Impresiona la ingente cantidad de jóvenes que participan como recogepelotas y apoyo organizativo.
Los recogepelotas viven el torneo con una seriedad admirable. Una disciplina que roza lo militar y que contrasta maravillosamente con su edad. Detrás de cada gesto rápido y preciso hay semanas de preparación y una selección exigente que convierte esta experiencia en una auténtica escuela de responsabilidad y trabajo en equipo. Verlos actuar en escenarios de máxima presión añade gran valor al torneo.
Esta mezcla de juventud, ilusión y profesionalidad aporta una energía especial. Mientras las estrellas ocupan el centro, alrededor crece una generación que recordará esta lección de vida para siempre.
El verdadero encanto del torneo
En las previas no se juega únicamente entrar al cuadro final. Se juega prestigio, dinero y la posibilidad de seguir sintiéndose parte del circuito.
Quizá ahí resida el verdadero encanto de Roland Garros: no empieza con las finales televisadas, sino mucho antes, en esas pistas periféricas donde conviven campeones consagrados, jóvenes soñadores y veteranos que se resisten a abandonar la batalla. En ese territorio fronterizo del tenis nacen las historias que luego recordamos.
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