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La juventud dialoga con la tradición

Notable velada musical en la Filarmónica de Oviedo gracias al talento de «Orange Road Quartet» y al estreno de Gabriel Ordás, «Invisibles»

La Sociedad Filarmónica de Oviedo afrontó el penúltimo concierto de su temporada con una propuesta poco habitual en los ciclos de música de cámara tradicionales: un programa íntegramente dedicado a repertorios contemporáneos y del siglo XX, culminado por el estreno absoluto de «Invisibles», primer cuarteto de cuerda (encargo de la propia institución) del compositor ovetense Gabriel Ordás. El concierto, protagonizado por el excelente «Orange Road Quartet», confirmó tanto el altísimo nivel técnico de la formación neoyorquina como la voluntad de la Filarmónica de abrir espacio a las nuevas corrientes creativas sin renunciar al rigor artístico. Integrado por Miguel Calleja y Lauren Conroy (violines), Nicky Moore (viola) y Jordan Bartow (violonchelo), el cuarteto ofreció una velada de enorme coherencia estilística, capaz de transitar desde el minimalismo expresivo de Caroline Shaw hasta las sonoridades más experimentales de Dai Fujikura, pasando por el lirismo arrebatado de Janáček y la evocación contemporánea de la tradición asturiana planteada por Ordás.

La apertura correspondió a «Punctum» de Caroline Shaw, obra inspirada en un acorde de la «Pasión según San Juan» de Bach y concebida a partir de materiales mínimos sometidos a constante transformación. El Orange Road Quartet supo extraer todo el potencial expresivo de esta escritura aparentemente austera, construyendo una sonoridad cálida, compacta y muy cohesionada. El violonchelo desempeñó un papel esencial como elemento unificador del discurso, mientras el resto de las voces desplegaban armónicos, resonancias y sutiles variaciones tímbricas que conferían a la obra una atmósfera hipnótica.

El núcleo emocional de la primera parte llegó con el «Cuarteto de cuerda nº 2» de Leos Janáček, una de las cimas camerísticas del siglo XX. Desde el Andante inicial, el conjunto exhibió un extraordinario control del sonido, perfectamente equilibrado entre unos violines luminosos y unos graves rotundos y profundos. La intensidad expresiva de la partitura encontró un vehículo ideal en un cuarteto capaz de respirar conjuntamente en cada frase y de modelar las dinámicas con naturalidad. Especialmente logrado resultó el Adagio, donde el Orange Road desplegó una gama de matices de gran refinamiento. Los músicos arroparon constantemente las melodías del primer violín mediante una sonoridad carnosa y envolvente que incrementaba el lirismo de la obra. El Allegro clausuró la pieza con intensidad y dramatismo, apoyado en un sonido terso y perfectamente empastado, así como en unos pianísimos de gran impacto expresivo.

La segunda parte se abrió con «Another Place» de Dai Fujikura, probablemente la obra más compleja y experimental del programa. Aquí el cuarteto mostró nuevamente su extraordinaria versatilidad técnica afrontando una escritura plagada de efectos tímbricos, glissandi, golpes sobre la caja de los instrumentos y pizzicati que, por momentos, evocaban incluso el sonido de un banjo. El violonchelo volvió a sobresalir por su virtuosismo y capacidad expresiva en una obra donde la textura y el color adquieren un protagonismo absoluto. Fujikura construye un universo sonoro inquietante sobre una continua exploración de las posibilidades físicas del cuarteto de cuerda que alcanzó el pasado martes una interpretación de enorme calado y precisión.

Sin embargo, el principal foco de interés era el estreno de «Invisibles», de Gabriel Ordás. La obra, concebida en cuatro movimientos, supuso una de las propuestas más sugerentes escuchadas recientemente en la Sociedad Filarmónica, tanto por la originalidad de su planteamiento como por la honestidad del diálogo que establece con la tradición musical asturiana desde un lenguaje plenamente contemporáneo.

El primer movimiento, Meditation, parte de una idea inicial del violonchelo que va creciendo progresivamente hasta ser recogida por la viola en un contrapunto refinado y de resonancias casi arcaicas. La textura sostenida evocaba por momentos el roncón de una gaita, generando un paisaje sonoro difuso y profundamente evocador. En Broken Rabel aparecieron ya de forma más evidente algunos giros melódicos y ecos de la tradición popular asturiana, integrados dentro de una escritura moderna y sofisticada donde el acompañamiento del segundo violín adquiría especial protagonismo. Más breve e introspectivo resultó Near Home (Interlude), construido a partir de delicadas líneas melódicas y técnicas instrumentales que remiten sutilmente al folclore sin caer nunca en la cita literal.

Finalmente, Revelation, el movimiento más extenso y ambicioso, articuló toda la obra como un gran fresco sonoro donde naturaleza, memoria y tradición convergen en un discurso de gran fuerza evocadora. Las referencias a las vaqueiradas, a los ritmos de pandero, algún que otro esbozo temático de tonada asturiana, floreos de gaita e incluso los tintineos de los cencerros del ganado aparecían transformados mediante una escritura contemporánea de enorme riqueza tímbrica. Todo ello sostenido por un cuarteto extraordinario, capaz de extraer de la obra de Ordás una amplia variedad de colores y atmósferas.

La prolongada ovación final confirmó el éxito de una velada tan exigente como estimulante, donde la Sociedad Filarmónica volvió a demostrar su compromiso con la creación contemporánea y con los jóvenes compositores asturianos.

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