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Yago González

Yago González

Redactor de Economía.

AuronPlay y Lola Lolita se toman un café en La Chucha

El quiosco de La Chucha en el Campo San Francisco

El quiosco de La Chucha en el Campo San Francisco / Luisma Murias

"Mis hijos, cuando usan el móvil, también están en el mundo real. Eso forma parte de su realidad". Escuché hace poco esta frase a un periodista experto en tendencias digitales y me gustó su sencillez (que no simpleza). En mi generación, la adicción a la tecnología era sinónimo de aislamiento, de reclusión. Nos reñían por estar demasiadas horas viendo a la tele o jugando con la videoconsola en lugar de airear la cabeza en la calle. La llegada del ‘smartphone’, un superordenador que cabe en un bolsillo, hibridó los dos mundos. El universo digital se coló en la realidad física como el agua entre las piedras del río.

Y así tenemos escenas como las de una tarde de sábado en el Campo San Francisco, con cuatro o cinco adolescentes apretujados en un banco mientras miran sus respectivos teléfonos. Su gesto encorvado y sus peinados clónicos traen algo de estampa distópica, de triunfo definitivo de la Máquina sobre el Hombre (o el ‘Bro’). Antes, los dominios de la tecnología lúdica se limitaban a la habitación o la sala de estar. Ahora el algoritmo se ha hecho carne y habita entre los paseantes del Campo, entre sus árboles, jardines y estatuas. De la fuente de las Ranas a la Fuentona del Bombé hay unos 300 metros, pero en ese tramo caben mil millones de galaxias de microvídeos, fotos y mensajes compartidos entre muchachos de Oviedo y muchachos de Singapur (también apretados en un banco y también con sus nucas rasuradas inclinadas sobre la pantalla).

Con todo, el tsunami digital no ha logrado acabar aún con las diferencias entre sexos. Mientras los ‘bros’ no despegan el culo del banco (salvo cuando uno se levanta a contar una anécdota con mucho agitar de brazos), el paseante del Campo se topa en estos días primaverales con ellas: dos, tres o cuatro niñas haciendo bailecitos delante del teléfono para después subir el vídeo a TikTok. Me resultan curiosos esos encuentros, porque es como asistir al rodaje de un pequeño videoclip. Las crías repiten una y otra vez el baile hasta lograr la toma perfecta que colgarán en las redes. No es puro pasatiempo banal, existe un afán de perfección en sus coreografías. Hay hasta profesionalidad. En eso las chicas también han sido siempre superiores a nosotros: la pulcritud, la atención al detalle.

Entre bailes femeninos dirigidos al público/teléfono y bloques de ‘bros’ jugando al "Minecraft", la pinza chinoamericana (ideas de Silicon Valley, aparatitos hechos en Asia) ha invadido el Campo San Francisco. La Tecnología se ha tomado su venganza de los castigos noventeros ("una semana sin maquinita") y ahora corta el bacalao en la calle, omnipresente como Manolín el Gitano. ¿Quedará aquí la cosa? No creo. El fenómeno es imparable ("exponencial", dicen los que entienden) y no se descarta que los personajillos digitales que fascinan a la chavalería escapen de las pantallas, como la niña de ‘The Ring’, y tomen cuerpo junto al estanque de los patos. Dentro de poco podremos ver a AuronPlay o a Lola Lolita tomando un café en el renovado kiosco de La Chucha.

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