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Yago González

Yago González

Redactor de Economía.

Bombas de humo

Un método tajante para finalizar las salidas nocturnas

Fiestas de San Claudio (Oviedo).

Fiestas de San Claudio (Oviedo).

Marcharse de una fiesta sin avisar a los amigos (lo que coloquialmente se conoce como hacer una «bomba de humo») es un arte que va depurándose con la práctica y los años. Así como un artista novel suele saturar su obra de recursos formales para intentar impresionar al espectador, el maestro consagrado en su disciplina la ejecuta con un trazo certero y de aparente facilidad.

Lo mismo sucede con las bombas de humo, un ejercicio que proliferará ahora que Oviedo y Asturias en general inician la temporada de festejos veraniegos. Noches exigentes de copas y baile. Zafarse de ellas cuando a uno le da la real gana no es sencillo: requiere de años de brega con el enemigo (siendo el ‘enemigo’ el amigo que no quiere te vayas). Ese guardián de la diversión nocturna, cancerbero de la cohesión grupal, no lo pone fácil. Marcharse en mitad de la juerga supone para él una mayor traición que la de Figo cuando fichó por el Madrid. «¿Cómo que ya te piras?? ¡¡No jodas, ho!!». Para impedir la fuga, el amigo/enemigo desplegará todo su arsenal: primero hará como que no te ha oído, que tu intención de irte es una debilidad pasajera. Y te empujará, agarrará y sacudirá para que bailes con él. Pero no, si no le haces caso, pasará al ataque psicológico: cargará sobre tus hombros la descomunal culpa de haber cortado el rollo y te acusará de aburrido, flojo y desertor.

Las primeras veces, el bombahumista bisoño caerá en la trampa e intentará justificar la huida: «Tengo que madrugar mañana...»; «me ha sentado mal una copa…»; «hoy me he levantado muy pronto…». Y cada argumento será replicado, despreciado, ridiculizado y pisoteado por el dionisíaco amigo/enemigo, que ve en la juerga un fin en sí mismo, un ritual sagrado, un pacto de caballeros que jamás debe incumplirse. El bombahumista no tiene razones, sino excusas: su mundo es el mundo de los débiles, de los sosos, de los cobardes. Marcharse de la fiesta es marcharse de la vida.

Con el tiempo, el bombahumista aprenderá que con el amigo/enemigo, como con el demonio, no se dialoga. De hecho, la propia bomba de humo consiste en largarse sin mediar palabra: uno se marcha y ya está. «Lo que has de hacer, hazlo pronto», le dijo Jesús a Judas antes de la traición. Uno puede, como mucho, usar el recurso fácil de «voy un momento al baño». ¿Al baño? ¿Ese baño sin puerta y con un centímetro de pis en el suelo? Me voy a mi casa, a mi cama, a la cabina desde la que piloto mi nave, al recogimiento libérrimo, al paraíso en la tierra. Mi papel en esta obra (una obra llena de música horrorosa, agolpamiento humano y colas interminables en la barra) acaba de terminar.

No sabremos nada del amigo/enemigo hasta el día siguiente, cuando este (que se ha acostado a las ocho de la mañana sin comerse un rosco y que sufre una resaca bielorrusa) dirá a un tercero y en nuestra presencia, a modo de autoconvencimiento y para que nos joda un poco, que justo cuando nos marchamos empezó lo mejor y que se lo pasaron «de puta madre». Aquí es cuando hay que elevarse y dejar que el amigo/enemigo se crea su propia ficción. El bombahumismo es, ante todo, un humanismo.

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