Opinión | Las ranas

Redactor de Economía.
Julio
La entrada del séptimo mes del calendario

Turistas se hacen un selfi en la estatua de La Regenta, en la plaza de la Catedral. / Irma Collín
«Llega julio…y lo sabes». Las redes sociales anuncian cada año la entrada del séptimo mes del calendario con una catarata de memes ilustrados con esa frase y con el rostro bronceado y sonriente de Julio Iglesias. Es probable que esta temporada el cantante haya sonreído poco, dadas las acusaciones que hay contra él, sobre todo en una materia en la que la presunción de inocencia es sistemáticamente violada. Puede, por lo tanto, que mientras los demás nos asamos como chorizos criollos, su verano sea helador.
No obstante, a mí julio (con minúscula) me va, me va, me va, me va, me va. En este mes de mesmerizantes memes mi mente descansa. Todas las cosas que a lo largo del curso ocupan la mayor parte de mi cabeza (en horario laborable y no laborable) son alojadas durante cuatro semanas donde les corresponde: un piso por debajo del lugar que habitan mi familia, mis amigos, mis libros, mis discos, mis películas, mis caminatas por el monte y («last but not least») un trato más profundo y reposado con Dios.
El mejor artículo sobre las vacaciones se lo leí al poeta y profesor gaditano Enrique García-Máiquez. En una columna publicada en «The Objective», el autor invitaba a «veranear todo el año, empalmando veranos». «Hay que desprenderse de inmediato de la angustia que el veraneo impone. Desactive la cuenta atrás, que es la auténtica bomba de relojería —tic-tac— de los veraneantes. Convénzase: no son las vacaciones las que interrumpen los días laborales, sino el trabajo el que da un breve respiro a nuestra intensa vida de rentistas epicúreos», sostenía nuestro García-Máiquez.
Con todo, yo sigo leyendo los periódicos en mi retiro veraniego. De hecho, siempre he creído que la prensa es mucho más interesante estos meses, cuando la reducción de la agenda política y empresarial permite que afloren reportajes más creativos y elaborados. Así que no desatiendan su quiosco en su rutina playera y recuerden que, además de las bicicletas, los periódicos son para el verano.
Y eso que julio no tiene aún la condición plenamente veraniega de agosto. Es un mes híbrido: hay gente que ya está tumbada en la hamaca y gente que está cerrando flecos antes de bajar la persiana. Algunos optan por el solapamiento, por una suave transición. Los de Oviedo alternan playa y ciudad y van a la oficina con un poco de arenilla de Luanco o Salinas metida en el zapato. «—¿Estás trabajando? —Bueno, voy yendo y viniendo…». Es un diálogo muy de julio.
Mientras tanto, los turistas suben al Naranco, se sientan junto a Mafalda, admiran el Santo Sudario y arramplan con las moscovitas, los carbayones y los helados de turrón. Su visita oscila entre los Picos de Europa y los picos de azúcar.
«Las ranas» también se retiran a su descanso estival y, al igual que su autor, estarán este mes de julio chapoteando en aguas frescas. No les diré cuáles, porque mis ranas ya se han convertido en estrellas mediáticas y ni ellas ni yo queremos legiones de fans acampando frente a nuestros refugios veraniegos. Así como Barbón tiene Laviana, también tenemos nuestro rincón en el mundo, pero intentamos no hablar de él cada cinco minutos.
Pero no se preocupen: las ranas del Campo volverán a croar en agosto, más verdes y saltarinas. Ellas les dan las gracias por acompañarlas en esta temporada de debut. Cuídense.
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